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09 julio 2015

Una extraña saudade

Todas las lenguas tienen palabras intraducibles, palabras que designan pensamientos o acciones intrínsecos de la cultura a la que va ligada. Lo es nuestra sobremesa, costumbre muy mediterránea, que aunque existe también en Grecia, aquí no recibe entidad propia y, por tanto, tampoco designación. Justo lo contario ocurre con el filótimo griego (su palabra intraducible por antonomasia), que contiene lo amable, lo hospitalario, lo cortés (filos, amigo) y lo honroso, lo justo (timí, honor).  Tener filótimo es tomar conciencia de lo que es correcto y bueno y ejecutarlo, comportarse de forma intachable, ofrecer lo mejor a la familia, los amigos y la sociedad. Muchos de los comportamientos que los griegos incluyen dentro del filótimo los reconozco como propios de mi cultura, aunque el español no tenga una palabra para designar todo ese compendio de virtudes.

04 julio 2015

Ni contigo ni sin ti


Llevo toda la semana pensando que debo escribir un post. Como cada vez que Grecia vive un capítulo importante. Sin embargo, no terminaba de atreverme porque en mi cabeza reina un pandemónium (palabra griega, por cierto) y realmente no sé qué decir. Finalmente, dado que en la última entrada (allá por el frío enero) hablé sobre el neonato gobierno Tsipras y estos días parece que se estuviera preparando para su funeral, me he atrevido a hacerlo.

17 junio 2013

Fundido en negro

El martes por la noche el Gobierno griego decidió clausurar la radiotelevisión pública y Grecia se convirtió en el único país europeo sin televisión estatal. Las reacciones no se hicieron esperar y esa misma noche, trabajadores del ente público secundados por ciudadanos "de a pie" ocuparon los estudios centrales situados en el distrito de Ayía Paraskeví. Tanto la forma en que actuó el gobierno (decretazo ejectuado en una sola tarde, sin pasar siquiera por el Parlamento) como la empresa acometida (mordaza a un importante medio de comunicación) recuerdan los días más grises del siglo pasado.

11 junio 2013

Dueños de las calles

Hay gatos callejeros que parecen personas. Examinan posibles alimentos, escudriñan rincones placenteros, se mueven ora con sigilo ora con decisión y, cuando invades el espacio que ellos consideran su territorio, te miran fijamente a los ojos, temerosos y desafiantes a partes iguales. ¿O quizá es al revés? En esta Atenas cuarteada en mil castas por los rigores de la crisis, muchas son las personas que han aprendido a vivir como gatos callejeros. Rebuscan en la basura, rescatan cualquier cosa que pueda serles útil, acomodan sus escasas pertenencias en algún rincón que pueda transformarse en hogar (las aceras porticadas, los aledaños del metro...) o a la más absoluta intemperie en las elegantes avenidas del centro histórico. Ahora que el tiempo es benévolo (en verdad, desde finales de abril lo es) parecen multiplicarse las colonias de inquilinos callejeros. No puedo llamarlos vagabundos, pues no vagan; allí donde los encuentres han establecido su hogar, como el hombre hiciera en tiempos cuando dejó de ser nómada. No me gusta el término "sin techo", porque es frívolo e injusto (¿cuántos tienen hoy un techo propio, de facto, sin hipotecar?). Muchos de los "con techo" bien podrían entrar en otras categorías ("sin escrúpulos", "sin vergüenza", "sin palabra", "sin perdón") y no lo hacen. Por eso yo prefiero llamarlos dueños de las calles, pues ellos más que nadie las viven, las conocen, las pueblan. Ojalá algún día puedan volver a pasar por ellas como meros transeúntes. Estoy convencido de que ellos serán los más justos peatones.

19 marzo 2013

Acorralados

Con ánimo de lunes, aunque sea martes, debido al largo fin de semana de carnaval, que concluyó ayer con la festividad del Lunes de Purificación, me desayuno con el café la crisis de deuda chipriota. Y no doy crédito (nunca mejor dicho).

Pancarta en Nicosia, ayer (Foto: Filip Singer/ EFE)


25 enero 2013

Descarrilamientos

Viernes, veinticinco de enero, cuatro de la mañana. Los MAT, los agentes antidisturbios de la policía, irrumpen en las cocheras del Metro, en el barrio de Sepolia, poniendo fin al encierro de los trabajadores de la empresa de transportes. Horas antes, el Gobierno ha ordenado la "movilización" del personal laboral, cuya desobediencia puede resultar en despido o, incluso, cárcel. La respuesta no se hace esperar: los huelguistas no solo se niegan a volver al trabajo, sino que el resto de transportes urbanos de Atenas (autobuses, trolebuses, tranvías, ferrocarril y cercanías) se retiran también en señal de protesta y solidaridad con los compañeros del metro. Resultado: tras ocho días de huelga ininterrumpida de metro (algunos de ellos, con huelga o paros en los otros medios), Atenas amanece hoy sin ningún transporte público en funcionamiento. 

10 diciembre 2012

Esto no es una crisis...

Otro post sobre la crisis. Qué se le va a hacer. Lo da la tierra, la española y la griega, por igual. Hace unas horas he sabido que Iberia cancela varias rutas a partir de enero de 2013. Una de ellas, la de Madrid-Atenas. La noticia es, sin duda, mala. No deja de ser paradójico que Grecia y España, dos países tan parecidos, aunque lo ignoren, dos primas hermanas que apenas se conocen por la barrera lingüística y porque se puso la vanidosa Italia de por medio, vayan a estar aún más lejos la una de la otra en un momento en que sus historias parecen (una vez más, no es la primera) converger en la desgracia. Reconozco que no soy fan de Iberia, más bien al contrario. Esta inquina arrecia estas semanas en que no sé si llegaré a tiempo a la mesa de Nochebuena, por las cinco jornadas de huelga consecutivas (hay una sexta, pero descolgada) que nos regala en nuevo intento de añadir al reencuentro familiar más emoción que el anuncio del turrón. He estado haciendo cálculos: en los últimos 15 meses he realizado 6 viajes (ida y vuelta) a España. De estos, tres los hice con Iberia. De los seis trayectos que componen esos tres viajes de ida y vuelta, Iberia canceló la mitad: dos por huelga y uno por causas sin justificar. Como comprenderán, volar esta Navidad con ellos no era mi primera opción (nunca lo es), pero era la única que se adaptaba a mis circunstancias. En cualquier caso, ahora ya todo eso da igual. De mi experiencia de la crisis griega he aprendido que ya no se pueden hacer planes con meses de antelación. Por lo que parece, esto empieza a ser así también en España.

Que nadie me malinterprete. No pongo en tela de jucio el derecho a huelga de nadie, pero en estos últimos tres años me he tragado más huelgas en Atenas que un español medio en toda su vida y he llegado a la conclusión de que en los tiempos que corren, las huelgas sirven de poco (por no decir de nada). Esto no es una crisis; es algo más, y sea lo que sea, parece que es inmune a las huelgas. Una crisis es algo que se espera (al menos, los entendidos en la materia aseguran verlas venir), es un capítulo más del cíclico devenir de la economía. Llega una época de recesión, se reajusta lo que se tenga que reajustar y después vuelve una etapa de desarrollo, de crecimiento, de expansión. Visto lo que están haciendo con Grecia (y lo que augura el panorama para otros países), lo que seguirá a esto no será una etapa de crecimiento, sino de reconstrucción, como la que sigue a una guerra. Este es ya un estado en ruinas (recalco lo de estado, porque una cosa es el estado y otra el país), saqueado en nombre del capitalismo.

El Rescate 2 (aprobado en febrero de 2012, ahora vamos por el 3, recién salido del horno) trajo consigo la supresión de los convenios de cada sector y la creación de un nuevo salario mínimo. Las consecuencias de aquella votación son visibles hoy: un empleado recién contratado en una tienda podrá cobrar 490€ a jornada completa. Uno a media jornada, tan solo 280€ (80 menos que la prestación por desempleo). Sueldos de pobreza. No son pocas las multinacionales que se han sumado al carro, mientras que las medianas y pequeñas empresas, para las que sus empleados son algo más que un número, intentan mantener unos sueldos más decentes. Es decir, las grandes empresas se están enriqueciendo aún más y es el pequeño empresario el que intenta mantenerse a flote sin tener que arrojar a nadie por la borda. Y estamos hablando del sector privado, de algunas de las multinacionales con ropa de marca carísima (me muerdo la lengua por no dar nombres) que, no creo que tengan mucho que ver con la deuda pública del Estado griego, pues, después de todo, estamos en una economía de libre mercado y bla, bla, bla... ¿no es eso lo que nos habían dicho? De repente, todas las empresas tienen graves problemas económicos, incluso mastodontes como Iberia. Hasta los trabajadores de IKEA en Atenas se pusieron en huelga, porque la empresa ha anunciado recortes en los sueldos. Me cuesta creer que la aerolínea no es rentable (¡a los precios que vuela!) como para tener que despedir a un cuarto de su plantilla, que se dice pronto. Lo único seguro es que su fusión con British Airways ha terminado como el apareamiento de la mantis religiosa. Del mismo modo, no creo que IKEA Hellas le suponga pérdidas a la compañía sueca. El problema es que, según el credo capitalista, el accionista tiene que aumentar sus ganancias sí o sí, con crisis o sin ella. Y si para eso hay que rebajar el sueldo de los trabajadores a la mitad, se rebaja y punto. Por cierto, un diputado griego cobra, si he entendido bien, alrededor de 8.000€ mensuales.

Pero esto no es solo la deuda griega. Pasemos a España, cuyo sistema sanitario y educativo (ahora parece que también de pensiones) se tambalea porque los dirigentes nos han pasado la factura de sus orgías con los bancos arruinados. Pero qué más da; al fin y al cabo, ellos pertencen al grupo de los poderosos. ¿Cuántos hijos de altos mandatarios van a colegios públicos? ¿Y cuántos políticos acuden a la Seguridad Social (pero de verdad, no para hacer una mininoticia en su tele autonómica y sacarle rédito electoral)? Lo que quiero decir con esto es que a los poderosos (defínanlos ustedes al gusto) no les importa lo más mínimo nada de esto, puesto que no les afecta: ellos, con o sin crisis, seguirán estando muy bien avenidos, tendrán sus recursos, mantendrán sus contactos y, sobre todo, una buena reserva económica para empezar de cero, en otro país si es preciso. El pez grande se come al chico. Alemania se come a Grecia. La clase dirigente se come a la clase media. British se come a Iberia y el directivo, al trabajador. Esto no es una crisis. Es un sálvese quien pueda.

16 noviembre 2012

La muerte como salida (o la Psicología de la Resistencia)

Es viernes por la mañana. Atenas se ha despertado bajo un cielo gris, como de hormigón, y con la vista fija en el horizonte, pienso en la muerte. No tanto influido por el día, sino por el artículo con el que hoy acompaño mi café mañanero que dice que los casos de suicidio en Grecia han aumentado un 40% en el primer semestre de 2012, en comparación con el año anterior. Con todo, el país sigue estando a la cola de la tasa de suicidos a nivel mundial y son países idílicos, como los escandinavos, los que siguen en cabeza. Este dato vuelve a demostrar, especialmente en esta época en que parece que los mediterráneos menospreciamos más que nunca nuestra tierra, nuestra historia, nuestros valores, que en todas partes cuecen habas y que en el norte habrá más "calidad de vida" (así, en abstracto), pero algo oscuro deben de esconder las entrañas de esa tierra, porque si no, no se explica...  

Continúo rumiando este interesantísimo artículo (dejo el link aquí, para los que sepan griego), horas después de leerlo, porque, a diferencia de las noticias en prensa, deja a un lado números y  estadísticas, en la medida de lo posible, para analizar el caldo de cultivo en que se producen estos suicidios. Carga las tintas en los sentimientos y el estado de ánimo de los griegos (los casos de depresión se han triplicado en el último trienio) y transmite, al fin, un mensaje desdramatizador y alentador. Las crisis siempre han formado parte de la vida del hombre, y no nos referimos sólo a crisis económicas, sino también a las guerras, cataclismos, dictaduras... El problema de esta "guerra ecónomica" en que está inmersa Grecia, a diferencia de un conflicto bélico convencional, radica en que a los ciudadanos no pueden siquiera consolarse con la idea de la victoria. Es como si los griegos no tuvieran derecho a la esperanza, sentimiento imprescindible de todo pueblo en mitad de una contienda.

En las guerras convencionales está claro quién es el enemigo y quién el aliado; aquí se lucha contra un enemigo invisible e inidentificable. Ni siquiera los aliados sobre el papel (la UE, la Troika) se sienten como tales entre la población civil. Se diría, pues, que los pueblos del sur de Europa están luchando, sin apenas armas y con los griegos en primera línea de combate, contra una fuerza oscura que nadie sabe de dónde viene ni cómo se desplaza, pero que parece imparable. Con este panorama, no es de extrañar que cada vez más personas se hayan quitado la vida. Son, en su mayoría, personas indefensas o que pertenecen a los grupos más "vulnerables": jubilados con pensiones bajísimas, parados, personas ahogadas por las deudas... Cualquiera que haya visto una buena película o leído un libro sobre alguna guerra real sabe que no eran pocos los que preferían el suicido antes de caer en manos del enemigo. Parece que la muerte autoimpuesta, tanto entonces como ahora, es una de las cartas que el ser humano baraja en situaciones de miseria, opresión, violencia o esclavitud.

Pero vayamos al mensaje desdramatizador, que es lo que nos interesa, lo que necesitamos para salir adelante; mi intención al escribir este post no es hacer leña del árbol caído ni meter el dedo en la llaga ajena, sino todo lo contrario. En el artículo se recoge un concepto que, sin saberlo, ya había abrazado hace meses, no porque sea muy listo, sino porque en su momento me contagié yo también del desánimo, ese fantasma negro que la crisis siembra en la sociedad, hasta que un buen día decidí hacerle frente. Los psicólogos lo llaman "psicología de la resistencia"; yo hasta ahora lo llamaba instinto de supervivencia animal. Basta ya de llorar nuestra desdicha (que, bien mirado, no es tan grave, ya que, como decía el bueno de Murphy, ¡mañana puede ser peor!). Basta de buscar subterfugios victimistas para no hacer lo poquito que está en nuestra mano para aliviar el dolor colectivo, para salir adelante. Esta crisis es un desafío más de la vida que debemos aprovechar para conocernos mejor, para sacar fuerzas de flaqueza, para alejarnos del demonio del egocentrismo onanista alimentado por  el consumismo desaforado, para volver a sentir que somos personas, no consumidores, y que nos necesitamos los unos a los otros. Y todo esto, además, disfrutando del camino, disfrutando de la única vida que tenemos. La psicología de la resistencia es, en palabras del psicólogo Apóstolos Sabaziotis, "la aceptación de una determinada realidad, no para someternos a ella, sino para enfrentarnos a ella y transformarla". Es comenzar la revolución por uno mismo y su entorno. Es negarse a ser un muerto en vida.

10 octubre 2012

Más de lo mismo

Me llama mi madre a mediodía para preguntarme por la jornada de ayer. Yo al principio no sabía a qué se refería; después caí en la cuenta: las manifestaciones por la visita de Angela Merkel. En cualquier caso, aun habiéndome quedado claro cuál era la pregunta, no supe muy bien qué responderle. Porque en verdad, no pasó nada. Bueno, pasó lo de siempre... O sea, nada. Si bien es cierto que el despliegue policial y el "blindaje" del centro, con anulación temporal del derecho  de reunión (!) no es algo habitual, las manifestaciones de ayer fueron una gota más en el inmenso mar de marchas y protestas que ha anegado el centro de la ciudad, llevándose por delante muchos comercios y negocios de diversa índole, que han optado por emigrar a zonas más tranquilas, donde puedan realizar su trabajo con normalidad.

Foto de 2011 (bien podría haber sido de ayer)
Debo reconocer que no entendí las manifestaciones de ayer. Y me consta que, al igual que yo, muchos griegos tampoco. Por eso, aunque no fueron pocos los que se concentraron, no sé si podríamos calificarla de multitudinaria, tomando como referencia otras manifestaciones masivas, como la del febrero pasado, por poner un ejemplo. No seré yo quien defienda la postura de Alemania en esta crisis ni la figura de Angela Merkel, pero tampoco creo que sea inteligente ni útil demonizar a este país y a su mandataria por los funestos derroteros de la maltrecha Hélade. Al fin y al cabo, aquí cada palo aguanta su vela, y eso mismo hace Alemania; la desgracia de Grecia es que sus dirigentes son, además de corruptos, inútiles e intocables (están aforados). Admito, también, que desde las elecciones de junio, donde volvieron a ganar los de siempre (aunque in extremis y en una frágil coalición), no sé qué sentido tiene seguir paralizando la vida de la ciudad, día sí y día no, con huelgas de un sector público de por sí ineficiente y manifestaciones orquestadas por los grandes sindicatos de siempre (algunos de ellos politizados hasta la médula) que sólo reúnen ya a unos cuantos correligionarios. ¡Ojo! Que no se me malinterprete: no digo que el pueblo no deba manifestarse, sino que debe hacerlo cuando de verdad toca (ya se rumorea que el mes que viene se aprobarán más (¡por Dios!) sangrantes recortes), no a la primera de cambio y movidos por el populismo malicioso. Y sobre todo (¡sobre todo!), a la hora de la verdad: cuando se está frente a las urnas. Estas manifestaciones de medio pelo a mí me recuerdan a la parafernalia semanasantera: puro folclor, desprovisto ya de significado.

26 septiembre 2012

¡Ya somos Grecia!

La bandera española frente al Parlamento griego en mayo de 2011
Es lo primero que se me vino a la cabeza esta mañana cuando vi, con los ojos a medio abrir y café en mano, las imágenes de la protesta de ayer frente al Congreso de los Diputados. Un intento de cerco similar tuvo lugar el pasado mes de febrero en torno al Parlamento de Atenas, con idéntico resultado: fuerte represión policial, aparición en escena de violentos encapuchados, "baile" de cifras en cuanto al número de manifestantes según la fuente, teorías conspiratorias en torno a la identidad de esos encapuchados (¿antisistema o infiltrados policiales?), efecto silenciador de muchos medios, según el credo o el lobby al que pertenecen. Ya somos Grecia. Afortunadamente. Al menos, ahora es evidente e innegable. Las cortinas de humo vertidas con profusión como un gas somnífero sobre nuestros cerebros por gobiernos, políticos y muchos medios de comunicación durante los últimos dos años se han esfumado al fin. Estamos juntos en esto. Griegos, portugueses, italianos, españoles... Cada uno con sus pecados y sus vicios, pero todos en el mismo pozo. No descartemos que se sume alguien más. Y siempre clases medias, claro. 

Sé que la afirmación "ya somos Grecia" asusta, y precisamente por ello hay que gritarla: para que se convierta en un revulsivo que nos despierte del letargo, de una vez por todas. Porque no nos convertimos en Grecia ayer. Ya éramos Grecia cuando el anterior gobierno recortó los sueldos a los funcionarios (migajas frente al despilfarro obsceno del Estado) y subió el IVA por primera vez. Ya éramos Grecia cuando las urnas entregaron las llaves del reino a un endiosado PP (como en su día hicieran los griegos con el Pasok) para entregarlas, a su vez, a Europa, a Alemania, a los mercados... Ya éramos Grecia cuando se suprimió la paga extra a los funcionarios (pero no a la clase dirigente). Pasito a pasito hemos seguido su senda. La única diferencia es que antes estábamos divididos y ahora no. Y 10 millones de griegos no hacen tanto ruido como 45 de españoles.

La unión hace la fuerza. Ha llegado la hora de tomar las calles y rodear todos los parlamentos, ya sea en Madrid, Atenas o Lisboa. Estamos juntos en esto. Sólo así puede que consigamos frenar esta sangría.

30 junio 2012

Contra la crisis, cultura

Dicen que en las épocas de crisis es cuando surgen los movimientos artísticos e intelectuales más fértiles e interesantes. Por eso no me extrañó en demasía encontrar un agitadísimo panorama artístico a mi vuelta a Atenas, tras una prolongada ausencia. Por lo demás, casi nada ha cambiado: el país sigue a la deriva tras el inesperado resultado de las elecciones (fruto de la campaña del miedo ejercida por doquier), los ánimos más resignados que crispados, algunas tiendas de más cerradas y unas pocas nuevas abiertas... El verano parece ser la única novedad y como cada año trae consigo una ola de festivales y actividades culturales que inundan la ciudad antes del éxodo masivo de julio y agosto.

Este año, sin embargo, me encuentro con que, además del excelente Festival de Atenas y Epidauro, el segundo Festival de Cine de Verano o el tradicional Rockwave de Malakasa, a las afueras de Atenas, ha surgido una enorme oferta de actos y eventos gratuitos de diversa índole, como el bazar del libro que diversas editoriales organizan últimamente, un mercadillo solidario en los jardines del exquisito Mégaro Musikís (Palacio de la Música) o una velada poética al sereno en la céntrica plaza Klafzmonos de la mano de varios poetas del momento.

Dicen que en las épocas de crisis es cuando los espíritus se reencuentran y se unen ante la adversidad y la falta de bienes materiales. No hay mal que por bien no venga, pienso, mientras atravieso el decadente pero vibrante barrio de Exarjia y el reconfortante viento del norte contrarresta el sofoco del asfalto. Mientras tanto, en la vieja Iberia, los gobernantes se apresuran a puentear leyes que supuestamente protegen el bien común para poder albergar un macrocomplejo del consumismo desaforado (juego, drogas, prostitución), so pretexto de que éste es el camino de salida del túnel. Lo dejan a uno sin palabras. Nos queda crisis para rato y, por desgracia, no es sólo económica.



15 junio 2012

Déjà vu, déjà vécu

Los que han seguido regularmente este blog los últimos meses conocían de sobra mi profecía sobre rescates y bancarrotas, cada vez que la estupidez y la soberbia de amplios sectores de la prensa, la clase política y la opinión pública extranjeras en general (y las españolas, en particular) me sacaban de mis casillas: lo que pasa en Grecia hoy, pasa en España mañana. No se equivoquen, no soy versado ni en economía ni en ciencias políticas ni en estudios europeos; tampoco soy vidente ni me he empapado de historia o teoría de la economía, como tantos otros a quienes de repente les brotan libros sobre la crisis bajo el brazo, como si fueran champiñones. En mi favor solo podría argüir dos hechos: el primero, que conozco el griego moderno y, junto con él y a través de él, buena parte de la historia y la cultura de la Grecia actual (tan distante, por suerte y por desgracia, del anacrónico cliché clásico); el segundo, que he presenciado este pandemónium demencial en primera fila y experimentado sus efectos en carne propia, siendo a la vez espectador y figurante de esta farsa que, durante dos años ya, se hace llamar rescate.

01 marzo 2012

¿Y qué esperaban?

Me he venido unos días a España por motivos de trabajo. En un abrir y cerrar de ojos pasé de contemplar  las ruinas del cine Attikón bajo una leve llovizna a oír el triste monólogo de un hombre que pedía en el tren minutos antes de que partiera de Chamartín. La televisión ha pasado de comentar el plan escolar contra la desnutrición del Ministerio de Educación griego a los estudiantes valencianos sin cafelacción y la confiscación de pupitres de un colegio privado de Madrid. Como en Atenas, me encuentro con sucursales de banco cerradas y letreros de Compro Oro por doquier. Historias de paro e inmigración. En España la prensa y la calle comentan las terribles consecuencias que acarreará la reforma laboral. En Grecia el desplome general de sueldos (incluido el sector privado) ya es una realidad y sus consecuencias simplemente se esperan con la nómina de este mes. Entre el personal no funcionario de la administracón pública española crece el desasosiego y la angustia a despidos inminentes. Escucho con atención, mientras digo para mis adentros: ¿Y qué esperaban?

19 febrero 2012

Los símbolos ignífugos


Sé que a muchos extrañará el que me considere afortunado de haber vivido en primera persona el inicio y el desarrollo de la crisis griega. Me siento, además, afortunado por haber vivido en dual la reacción de la gente, los análisis de expertos y tertulianos de la prensa española, por un lado, y las voces de Grecia, por el otro. Desde el principio me di cuenta de que ambos enfoques se asemejaban en ciertas cosas y diferían en muchas otras. Se parecían en la primera reacción, tanto de políticos como de medios de información, de quitar hierro al asunto, a costa de los demás. En España fueron muchísimas las voces, con la del ex-presidente Zapatero como colofón, que repetían que "no somos Grecia" y acusaban al Estado griego de "malas artes" y a sus ciudadanos de vagos y pícaros. Los medios griegos, por su parte, buscaban resarcimiento haciéndose eco de rumores de pasillo, como el que decía que España, entre otros, sería la siguiente en caer en la red de salvamento (tela de araña, la llamaría yo) de la Troika. Incluso recuerdo los comentarios maliciosos de ciertos alumnos míos al oír en los medios griegos que el panorama económico y laboral en España era cada vez más aciago. Mi respuesta fue parca y solemne: me retiré en silencio hacia la pizarra y escribí el sabio refrán español "Mal de muchos, consuelo de tontos".

Sin embargo, en casi todo lo demás, los enfoques variaban considerablemente. Un ejemplo de esto lo encontramos en la propia terminología que se usa en ambos países para referirse a los mismos conceptos. Así, lo que en español rápidamente se popularizó como "mecanismo de rescate" (¡qué gran palabra, rescate! -- díganselo a un montañista en apuros), en Grecia se denominaba simplemente "mecanismo de apoyo" (μηχανισμός στήριξης), mucho menos efectista. En Grecia nos habíamos aprendido ya el palabro Troika, hasta entonces rarísimo tecnicismo ruso, inaudito para la mayoría de los mortales (a mí personalmente me sonaba a contemporánea Inquisición). En España, aún se hablaba de la "comisión formada por FMI, BCE y UE". Después llegó el contrato, el acuerdo prestatario entre el Estado griego y la Troika, que los medios españoles vuelven a llamar "paquete de medidas" (aunque es más que eso) o "rescate" a secas (el domingo pasado, se aprobó el 2º Rescate) y los griegos llaman "mnimonio" (μνημόνιο), término de derecho internacional para designar un documento diplomático que recoge propuestas y reivindicaciones de un Estado o institución (algo así como un memorándum, en español). Lo que se votó el pasado domingo, mientras Atenas se convertía en la Roma de Nerón (aquí pocos dudan de la connivencia de las autoridades, por decirlo suavemente), es, para los griegos, el "Mnimonio 2".

Ahora han pasado dos años desde que Grecia recurriera al "mecanismo de rescate" y España sigue sin ser Grecia, pero se aproxima peligrosamente. Dos años de recetas milagrosas de la docta mano de los expertos económicos que no solo no han dado los resultados esperados, sino que han hundido aún más al país. Ahora que a gran parte de Europa le están empezando a administrar ese mismo jarabe amargo, la gente empieza a despertar del letargo, a desconectarse de la melodía hipnótica de algunos informadores y a abrir los ojos. Tras la masiva repulsa de los griegos el domingo pasado, acallada mediáticamente por el espectáculo de humo y fuego, y el porvenir ominoso que se cierne sobre el continente, con los griegos como avanzadilla, ciudadanos de toda Europa comienzan a mostrar signos de solidaridad, bajo el lema "Todos somos griegos". Estos gestos simbólicos demuestran que ha habido un cambio de opinión, una evolución hacia la solidaridad y la empatía por parte de los ciudadanos de a pie. En estos voraginosos tiempos modernos, en que todo es efímero y nada es lo que parece, se nos olvida que los símbolos siguen importando, como siempre lo han hecho, ya se trate de una palabra que utilizamos para describir una realidad, de una sentada solidaria en la puerta de una embajada o de un mítico teatro (después, cine) que es pasto de las llamas. En cuanto a esto último, lo escandaloso no es que se perpetrara tamaña atrocidad, sino que nadie (y por nadie entiéndase el ministro del Interior, J. Paputsís) admitiera responsabilidades por ello. El patrimonio nacional se destruye y el propio Estado escurre el bulto. Otro símbolo inequívoco de la Grecia actual. Que no pase desapercibido.

15 febrero 2012

Cuando el pueblo se pronuncia

Que nadie se lleve a engaños. La manifestación del domingo en Αtenas fue con toda probabilidad la más numerosa de la historia de este país. Los medios abundaron en la idea de destrucción y delincuencia y no era para menos, pues el panorama era en verdad espectacular. Sin embargo, al establishment, al Poder (y, por ende, al Capital, que es, al fin, quien a día de hoy gobierna Grecia) le interesa que se propaguen estas imágenes, corriendo así una cortina de negro humazo sobre lo realmente clamoroso de la jornada: que el pueblo griego rechaza de plano este nuevo "rescate", mostrando una vez más su repulsa al gobierno de coalición impuesto (no electo). Y no solo en Atenas: hubo concentraciones en casi todas las ciudades del país. Extrañamente, en el caso de la capital, no hay datos oficiales sobre el número de manifestantes ni tampoco los medios han puesto especial énfasis en la cifra, que oscila entre 80.000 a casi un millón (!). Yo estuve allí y lo vi con mis propios ojos: ya no es que la plaza Syntagma estuviera a reventar (a pesar de que la policía gaseara literalmente al personal, desde bien temprano y sin razón alguna), sino que cientos de miles de personas rebosaban literalmente por calles y callejas, hasta alcanzar la plaza de Monastiraki por el oeste, la Puerta de Adriano por el sur... y hasta aquí puedo contar, porque me fue imposible avanzar más.

21 junio 2011

Destellos y sombras

Esta primera noche del verano por fin encuentro la tranquilidad y el ánimo para sentarme un rato a la fresca, dejando que mi mirada y mis pensamientos se pierdan en el horizonte. La Atenas urbana no puede considerarse ni mucho menos bonita, pero como todas las ciudades, las noches de verano cobra un encanto misterioso y sosegado que de algún modo la embellece. Desde mi balcón observo la transitada (también de noche) avenida Singrú que une en kilométrica línea recta el centro con el mar. Ese bramido ahora quedo pero incesante de los coches me recuerda que esta ciudad nunca duerme. Mi mirada se posa en la gran farola de tres focos que ilumina el puente sobre un cruce de carreteras a distinto nivel y me pregunto adónde irán todos estos coches a estas horas de la noche... con la que está cayendo.

Y la que está cayendo no es ni más ni menos que la espada de Damocles sobre su país. De un año a esta parte aquí no se habla de otra cosa que de economía, pero especialmente estas últimas semanas la situación se ha vuelto insostenible. Tanto se ha amenazado a los griegos con la bancarrota para justificar las asfixiantes medidas económicas impuestas durante los últimos meses que al final el pueblo parece haberse vuelto indiferente y no son pocos los que van por ahí clamando la bancarrota y el borrón y cuenta nueva, aunque habría que ver de qué tipo de cuenta se trata... Lo que está claro es que no se puede abusar de la gente hasta la extenuación y asustarla como a niños pequeños, como si la bancarrota fuera el hombre del saco.