Dos años, dos, hacía que no ponía un pie en las Cícladas. Por increíble que parezca. Dos años sin surcar su mar y sin atracar en sus puertos. Y no sé si será la inmediatez del avión (medio utilizado en mis últimos traslados, más por necesidad que por convicción) o el verdor del Jónico, el caso es que he vuelto a descubrir el encanto del secarral cicládico y la energía milenaria del Egeo.
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19 agosto 2014
03 agosto 2014
La Flor de Levante
Admito que tenía mis prejuicios sobre
Zante, la más meridional de las Islas Jónicas. De entrada, hasta la
forma de nombrarla en español me resultaba (y me sigue resultando)
molesta. Porque la traducción del topónimo griego, Ζάκυνθος /Sákinzos/,
en nuestra lengua es Zacinto. La sensualidad de la ese sonora inicial
(de la que, de todas formas, carece el español), la grácil combinación
de los sonidos n+z y el ritmo de esdrújula se pierden completamente en
la cacofónica sucesión de zetas y la burda similitud con la palabra
"jacinto". La segunda denominación de la isla, Zante, la más extendida,
es, sin duda, mucho más sonora, pero no deja de ser el nombre veneciano
de la isla y remite inevitablemente a los siglos en que ésta formaba
parte de la Serenísima República. Algo así como seguir llamando
Constantinopla a Estambul (cosa que los griegos siguen haciendo, pero
esto es harina de otro costal).
01 noviembre 2012
La isla de los leprosos
Spinalonga, la última leprosería de Grecia os espera. "Dejad toda esperanza los que aquí entráis". Estos versos del Canto III del Infierno, de la Divina Comedia, se reproducen sobre un enorme panel negro en una de las entradas a la ciudadela. Spinalonga, la isla de los leprosos, a menos de un kilómetro de la costa nororiental de Creta, se alza como un espejismo sobre el brillo cegador del mar.
Es una tarde tórrida de finales de agosto. Nos apresuramos a coger la última barca que lleva al otro lado, a la orilla maldita de la isla de los malditos. "Tú, el último leproso". Es el nombre de la exposición del artista
griego Kostas Tsoclis, que ha realizado una intervención en el sitio
arqueológico sirviéndose de la pintura, la escultura, la música... Una cruz colosal descansa sobre la puerta principal de la fortificación, en cuya cima ondean un centenar de
banderas negras que ya durante la travesía en barco presagian la suerte
que espera al visitante a su llegada.
Desembarcamos. El sol quema la vieja piedra veneciana de los bastiones, el viento se cuela por entre las rendijas de los postigos desvencijados y silba burlón al pasar por chimeneas y muros agujereados. El túnel por el que nos adentramos en el castro está forrado de espejos que reflejan nuestros cuerpos y los multiplican. Hubo un tiempo en que los espejos estaban prohibidos en este lugar para evitar que los enfermos vieran cómo sus cuerpos se consumían, pasto de la lepra. Personas estigmatizadas de por vida, apartadas de sus seres queridos y del resto de la sociedad. Muchos de ellos, desesperados, intentaron escapar a nado, de noche,
ganar la orilla de enfrente y volver junto a sus familias, recuperar sus
vidas...
Pero no todo era llanto y miseria en la última leprosería de Grecia. Como siempre ha demostrado a lo largo de su historia, el ser humano se adapta, sobrevive y lucha por un mañana mejor, aunque éste se vea constreñido por unas gruesas murallas rodeadas de mar. Aquí, en esta vieja fortificación medieval, crearon una comunidad
autosuficiente, un mini Estado, con sus comercios, su hospital, sus huertos, sus
hornos... Estos hombres y mujeres sufrieron los devastadores efectos de una enfermedad aún peor que la lepra: la ignorancia, la intransigencia y la injusticia humanas. Homo homini lupus. Y a pesar de todo, estos parias de una sociedad podrida trabajaban, reían, se enamoraban, soñaban... En 1957 la leprosería cerró definitivamente y consiguieron su libertad y volvieron a sus casas, a sus familias.
Han pasado más de dos meses desde aquella tarde de sol y silencio en la isla deshabitada, pero cada vez que pronuncio ese nombre, Spinalonga, y cierro los ojos, vuelve a mí la estampa recortada por las ventanas del viejo hospital en ruinas:
el zumbido ensordecedor del silencio,
el infranqueable mar
y los montes de Creta,
tan cerca
y a la vez
tan
lejos.
09 septiembre 2012
Riña de gatos
Iraklio no es lo que se dice una ciudad bonita. Sobredimensionada por su estatus de capital administrativa de Creta, la parte moderna de la ciudad, que recuerda a la peor Atenas, ha fagocitado su elegante casco histórico, legado en su mayoría por los venecianos. Con todo, Iraklio sigue siendo un mal necesario, una base estratégica de entrada y salida de la isla y un campamento base sin par para plantarse en Knosós, el corazón de la civilización minoica, a primera hora de la mañana, antes de que las hordas de turistas profanen el lugar, que el sol impenitente irá arrasando conforme pasan las horas.
16 agosto 2012
Andros: de roca y espuma
Andros es un vergel. Aunque no lo parezca. Aunque grandes moles de tierra pedregosa amenacen con despeñarse por su litoral desnudo. Aunque rocas metamórficas irrumpan con vehemencia en la superficie, abriéndose paso desde las entrañas de la tierra.
Andros es fértil y salvaje y montañosa, con carreteras y caminos que se retuercen como culebrillas sobre las lomas y laderas escarpadas de sus montes, como si de un capricho de los dioses se tratara.
Andros es también rica y codiciada. Venecianos, otomanos y alemanes han desembarcado en sus puertos. Los primeros dejaron tras de sí bellos edificios y una ciudadela; los segundos pasaron como de puntillas, sin pena ni gloria; los últimos destruyeron gran parte de lo que construyeron los primeros en aquella contienda infame.
La Jora de Andros es elegante, aristocrática, reflejo del esplendor y la prosperidad de siglos gracias a la industria de la seda y los navieros. Zambullirse en las inmediaciones del viejo castro con las ruinas del puente enmarcando el horizonte y oír el crepitar de la fauna marina en el arrecife es una de esas sensaciones revitalizantes que, al recordarlas, hacen del verano más que una estación luminosa, un estado de ánimo imperecedero.
Andros es fértil y salvaje y montañosa, con carreteras y caminos que se retuercen como culebrillas sobre las lomas y laderas escarpadas de sus montes, como si de un capricho de los dioses se tratara.
Andros es también rica y codiciada. Venecianos, otomanos y alemanes han desembarcado en sus puertos. Los primeros dejaron tras de sí bellos edificios y una ciudadela; los segundos pasaron como de puntillas, sin pena ni gloria; los últimos destruyeron gran parte de lo que construyeron los primeros en aquella contienda infame.
La Jora de Andros es elegante, aristocrática, reflejo del esplendor y la prosperidad de siglos gracias a la industria de la seda y los navieros. Zambullirse en las inmediaciones del viejo castro con las ruinas del puente enmarcando el horizonte y oír el crepitar de la fauna marina en el arrecife es una de esas sensaciones revitalizantes que, al recordarlas, hacen del verano más que una estación luminosa, un estado de ánimo imperecedero.
04 agosto 2012
Andíparos o el paraíso en miniatura
Me encanta Andíparos. No puedο decir que haya sido un descubrimiento; ya me dejé caer por aquí hace un par de años. Entonces fue sólo una excursión del día desde la vecina Paros y no me permitió adaptarme y moverme según los ritmos de la isla. Ahora, en cambio, Andíparos era mi destino exclusivo y sólo a ella dediqué mi atención desde el primer momento.
La isla cuenta con una sola población y un par de asentamientos formados por residencias de veraneo. El pueblo es, como no podía ser de otra manera tratándose de las Cícladas, una joya encalada de blanco radiante. Todo está cuidado al detalle: bancos, colegio, Correos, consultorio médico... no hay edificio que desentone. Un idílico pueblecito de juguete a escala natural.
La esencia de Grecia, que no es otra que la sublimidad de lo sencillo, se encuentra aquí en varias de sus vertientes: en el pulpo a la brasa que horas antes viste salir del cubo, recién llegado del mar, y colgado a secar en el alambre, o el paladeo del queso local (xinomisizra) sin más aliño que un buen chorreón de aceite de oliva o un chapuzón en cueros en las aguas esmeralda del Egeo como divina recompensa a las pedaladas con sabor a salitre y sudor por las cuestas y llanuras de la isla.
La esencia de Grecia, que no es otra que la sublimidad de lo sencillo, se encuentra aquí en varias de sus vertientes: en el pulpo a la brasa que horas antes viste salir del cubo, recién llegado del mar, y colgado a secar en el alambre, o el paladeo del queso local (xinomisizra) sin más aliño que un buen chorreón de aceite de oliva o un chapuzón en cueros en las aguas esmeralda del Egeo como divina recompensa a las pedaladas con sabor a salitre y sudor por las cuestas y llanuras de la isla.
El día transcurre lento y perezoso bajo el sempiterno cielo azul, sobre todo en las callejuelas y plazoletas del pueblo... y pasadas las nueve, cita en la playa de Sifneiko para ver el sol caer. Parejas que se besan con pasión --un tanto forzado, un poco cliché-- tras el horizonte rectilíneo. El cielo muda su color, del naranja al melocotón y de éste al ciruela... hasta que de pronto el mar ha oscurecido y el sol absorbe cada vez más rápido los colores que había dispersado en el horizonte, se inyecta de un rojo brillante y, como un globo aerostático,
pierde su forma,
25 julio 2012
Amorgós (2): Azul infinito
La más oriental de las Cícladas ha sido para mí una revelación: rocosa, árida, escarpada, a la deriva entre las islitas conocidas como las Pequeñas Cícladas y el lejano Dodecaneso, cuesta creer que ésta fue una de las islas donde antes brotó la civilización cicládica hace cuatro mil años. Es como si Amorgós hubiera cumplido ya entonces con la Humanidad y hubiera decidido en lo sucesivo entregar sus montes desnudos a las cabras que campan a sus anchas por toda la isla. Sin embargo, tras este aspecto estéril e inhóspito se ocultan rincones mágicos que la hacen única entre sus vecinas del archipiélago.
Sobre la bahía de Eyiali, los pueblecitos blancos salpican aquí y allá los riscos pardos que dibujan el horizonte. Tholaria, construida junto a las ruinas de la antigua Eyiali, es uno de los asentamientos cicládicos más entrañables y puros, especialmente cuando el sol poniente tiñe sus encaladas casas de un rosa pastel en mitad de un ocaso geométrico.
En la accidentada costa sureste, engastado en un descomunal acantilado de pendiente casi vertical, se erige el Monasterio de la Virgen Hozoviótisa. Cuenta la leyenda que en el siglo XI llegó a la costa una barca a la deriva que transportaba un icono de la Virgen. Se cree que el icono fue lanzado al mar por unos monjes en Hozova, en Tierra Santa, para salvarlo de los iconoclastas.
Llegar hasta el monasterio es toda un proeza, sobre todo para quienes
padecen de vértigo, pues el único acceso bordea el acantilado, subiendo
más y más hasta alcanzar los 300 metros sobre el mar.
Una vez arriba, la vista es espectacular y del monasterio emana un aura pacificadora que todo lo envuelve. Sólo tres monjes quedan en las cincuenta celdas excavadas en la roca. Uno de ellos, regordete y bonachón, nos pasa a un cuartito lleno de retratos de obispos, monjes y héroes nacionales de la Revolución (helenismo y ortodoxia, esos dos conceptos inseparables aún hoy). Allí nos ofrece lukumi de rosa y un vasito de psimeni (aguardiente con miel y especias), la bebida típica de Amorgós.
El tiempo parece haberse detenido para siempre en estos habitáculos entre la piedra vieja y el azul infinito, cielo y mar.
Y con él también cualquier preocupación.
19 julio 2012
Amorgós: El centinela inerme
Jora palidece conforme se oculta el sol.
La perfecta unión de azul infinito entre cielo y mar
se disocia
hasta esfumarse en un púrpura nazareno.
Las casas blancas
--desteñidas algunas, inmaculadas otras--
parecen parapetarse de la furia del viento cicládico
tras el enorme paredón de piedra
que conforma el terreno.
Una decena de molinos de viento,
la mayoría decapitados,
pone el colofón a este skyline extraño y embrujador,
que combina el encanto de lo pinturesco
con el atractivo de lo decadente y abandonado.
Estos molinos tullidos custodian el poblado
cual centinelas fieles que,
abatidos por el enemigo,
resisten estoicos, pétreos, inermes,
sin aspas ya para ajar vientos.
¿Es el fin...
o es el principio de otra nueva era
para esta adusta tierra milenaria?
para esta adusta tierra milenaria?
08 agosto 2011
Sérifos
(Suspiro de piedra en mitad del Egeo)
01 septiembre 2010
Entre el cielo y el mar
En este mar de cristal, el cuerpo flota como una tabla a merced de la corriente, y en el horizonte las dunas fosforecen aún bajo la luz titilante de la luna. Definitivamente, no es para bañarse, pienso, sino para reconciliarse con este viejo Mar y añorar el propio litoral perdido.
En este improvisado baño tardío en esta especie de Fin del Mundo, entre el cielo y el mar, no hay más que mar.
07 agosto 2010
Grecia es el mar
Este pequeño país, en su esquinita de Europa, con su forma caprichosa que se desparrama sobre el Mediterráneo como si fuera un trapo ajado por el paso de los siglos, esconde un tesoro único e irrepetible: miles de islas y peñascos que salpican el azul y esmeralda del mar como si fueran jirones de tela blanca que se desprenden del Continente...
En esta calita rocosa y minúscula al suroeste de Paros, con el agua hasta los tobillos y las yemas de los dedos del pie acaraciando el tacto aterciopelado de los surcos de arena, sólo se oye el rumor del mar y el romper de las olas contra las rocas. La insistente brisa cicládica me envuelve dulcemente en un velo de fresco lino... Y entonces imagino esta misma escena tres mil años atrás, cuando surcaban estos mares los barcos que transportaban el preciado mármol de la isla que hoy podemos admirar, convertido en obras de arte, en los museos de medio mundo.
Grecia es el mar, infinito y esférico, que ha sabido conquistar a fuerza de esparcir sus islas como piedras preciosas desgranadas de un rosario o, mejor aún, de un kombolói...
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