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18 julio 2017

Algún día...

A Elias Vamvacoussis lo conocí anoche, de forma totalmente inesperada, en la terraza del mítico bar Micrá Asía, en Gazi. Aunque cueste trabajo creerlo, el concierto estuvo a punto de ser cancelado por la lluvia, y es que el tiempo en Atenas estos días es más propio de finales que de pleno verano.

Finalmente, una vez despejado el cielo, decidieron actuar en un improvisado unplugged, que dio un aire aún más intimista a la noche pasada por agua. Dos guitarras, dos voces masculinas y una femenina. Sin más artificio.

Entre canciones propias y ajenas, hubo una que me transmitió más que la demás. Quizá fuera la melancolía de la lluvia que aún flotaba en el aire o este atisbo de otoño en mitad de julio. Quizá el rasgar de la guitarra en estado puro y la voz desnuda, sin micrófonos. O la evocación de imágenes cotidianas de esta ciudad que ya forma parte de mí y que algún día serán recuerdos borrosos como la ciudad difuminada tras la lluvia. El caso es que me la llevé prendida en la piel y ya no ha dejado de sonar en mi cabeza. Y quería compartirla aquí.



04 marzo 2014

Un viaje iniciático

Diaforá. Diferencia. Así se llama el corto realizado por Invitia Producciones, una productora novel de Barcelona, que llegó a mis manos hace unos días. La trama es sencilla: un estudiante de periodismo viaja a Pirgos, una pequeña ciudad del Peloponeso, para conocer de primera mano la situación del país con vistas a escribir una crónica. Como cabría esperar, la imagen preconcebida de Grecia que tiene el protagonista se verá alterada una vez que se encuentra en el país de acogida. 

31 mayo 2013

Una mujer apasionante

Artemisa Scumburdis (Άρτεμις Σκουμπουρδή) es una de esas personas inspiradoras que uno se sigue encontrando de forma totalmente inesperada en medio de la decadencia y la miseria espiritual en la que está sumida esta tierra. Llevo semanas, meses, queriendo dedicarle unas líneas, por la labor humanística que realiza como voluntaria del Centro Cultural del Ayuntamiento de Atenas.


25 abril 2013

F de Felicidad

Zanasis Efcimiadis ha sido, sin saberlo, uno de mis muchos profesores "extraoficiales" de griego, a los que debo, aparte de muchos momentos de deleite, gran parte de lo que hoy sé, ya no solo en el plano lingüístico o cultural (entendiendo este como la cultura más o menos "oficial" de un país), sino a todo aquello que de un país solo se aprende mediante la participación activa y la inmersión absoluta en su sociedad. Digo que Zanasis no sabe que ha hecho las veces de profesor, porque ni siquiera me conoce, aunque el pasado lunes a punto estuve de acercarme y decírselo en persona, pero como de costumbre, me venció la timidez...

24 diciembre 2012

Villancicos griegos

Es conocido que la fiesta religiosa más importante para los ortodoxos es la Pascua de Resurrección y no la Navidad, como para el resto de los cristianos (lo cual, bien pensado, tiene más lógica, pues lo que dota al cristianismo de sentido es la resurrección de Cristo, no su nacimiento). Esto no quita que los griegos mantengan, como los demás pueblos de tradición cristiana, hermosas costumbres locales, como sus exquisitos dulces caseros (a los que ya dedicamos este post hace dos años), la decoración del árbol y..., variante local de la tradición nórdica, del barco, seña de identidad de un pueblo marinero desde los albores de la historia, y, cómo no, sus cánticos navideños.

Los griegos diferencian entre los villancicos tradicionales, cálanda (κάλαντα), de origen bizantino, transmitidos de generación en generación, y los villancicos extranjeros, sean cultos o no, que ya comparten todos los países, desde el Noche de paz (aquí Άγια Νύχτα) o El tamborilero (Ο μικρός τιμπανιστής), hasta el insufrible Santa Claus is coming to town, a los que se refieren simplemente como "canciones navideñas" (χριστουγεννιάτικα τραγούδια).

Hay tres tipos de cálanda: los de Navidad, los de Año Nuevo y los de la Epifanía (si bien estos últimos parecen haber caído en el olvido). En sendas vísperas, los niños van de casa en casa cantando los cálanda correspondientes, a cambio de un aguinaldo, como se solía hacer en España (desconozco si esta tradición pervive). En lugar de panderetas y zambombas, los niños griegos acompañan sus cánticos con el triángulo, la flauta, el laúd y el tambor. Hoy, pues, tocan los cálanda de Navidad y he encontrado esta hermosa versión cantada por la mítica Nana Mouskouri, acompañada de entrañables imágenes. 
¡Felices fiestas! Καλές γιορτές!  

13 diciembre 2012

La galería del silencio

Galería Arsakíu desde el acceso de la calle Stadiou
Imprenta soviética
Hacía tiempo que quería hablar de las stoés de Atenas, los pasajes o galerías comerciales que abundan en el centro de la ciudad. Aunque no tienen el glamur y la elegancia de las italianas o las parisinas, los pasajes de Atenas son una forma original de conocer mejor la ciudad, para aquellos que no se conforman con el paquete turístico. Hoy quiero hablar de la más majestuosa de todas: la Galería del Libro (Stoá tu Vivlíu) y la Galería Arsakíu, que son, en realidad, dos galerías en una.

La más grande de ellas, la Galería Arsakíu, construida en 1900, fue diseñada por Ernst Ziller, el célebre arquitecto sajón al que Atenas debe varios de sus edificos más emblemáticos, como el Teatro Nacional o el Palacio Presidencial. De planta cruciforme, esta galería fue siempre mi favorita, por varios motivos: la luz natural que, tamizada por su tejado de vidrio, inunda los corredores; la vieja imprenta soviética expuesta en el crucero de la galería, bajo la cúpula; una cuidada librería especializada en viajes y las mesas del café Orfeas que desde 1926 colonizan parte del crucero. Sin embargo, últimamente evito pasar por ella, pues es una herida abierta y supurante de la crisis: las vitrinas relucientes y llenas de color han dado paso a escaparates encadenados que muestran la desnudez de sus entrañas polvorientas. Apenas sobreviven un puñado de negocios y los corredores de la galería son hoy más largos y silenciosos que nunca, sin las mesas del regio café para dotarlos de vida.


La Galería del Libro, propiamente dicha, unida a uno de los extremos del transepto, es otra historia. Y no saben cuánto me alivia. Fundada en 1996 como un punto de encuentro cultural, es la sede de la Universidad Libre (Eléfzero Panepistimio), que organiza seminarios trimestrales sobre diversas materias. Sus locales albergan exclusivamente puntos de distribución y venta de una veintena de editoriales griegas. Es una mañana fría de invierno y mis pasos sin rumbo me han traído aquí. Accedo por la entrada exterior, que da a la calle Pesmazoglou, y me topo de bruces con el mítico Teatro del Arte (Zéatro Tejnis), la vanguardista escuela de artes escénicas que acaba de cumplir 70 años. Me adentro en la galería, que, ¡oh, sorpresa!, rezuma vida. Casi todas las mesas de la cafetería Gramma (oportunísimo nombre, pues significa "Letra") están ocupadas, las librerías, a diferencia de los locales de la galería anexa, están todas en pleno funcionamiento (sólo hay un local vacío). Me doy un paseo por la galería y observo lo que sucede a mi alrededor: en la taquilla del teatro una estudiante adquiere entradas para la función de la noche, un grupo de jóvenes universitarios acarrea una montaña de tochos recién comprados (consigo leer el título de uno de ellos: Teoría de Sistemas), dos hombres restallan las cuerdas de sendos baglamás en una mesa del café, un anciano trajeado lee el periódico... Un refugio acogedor contra el frío del invierno, una sordina al incesante ruido del tráfico en pleno centro de la ciudad, un remanso de ocio y despreocupación donde no tiene cabida la martilleante crisis. Me pregunto cuánto más aguantará. 
(i) Entrada a la Galería del Libro desde el interior de la Galería Arsakíu (d) Entrada del Teatro del Arte (Zéatro Tejnis)

 

El mítico café Orfeas

Interior del café Orfeas

Fachada de la Galería Arsakíu en Panepistimiou

Intersección de las calles Arsaki y Stadiou

Vista aérea desde el NE (Fuente: Bing Maps)

04 diciembre 2012

Poemas y crímenes

 

Ediciones Gavrielides es una pequeña casa editorial, dedicada, en gran medida, aunque no exclusivamente, a la publicación de poesía griega contemporánea. Desde hace tiempo es una de mis editoriales fetiche, por dos razones. La primera: es la editora de las novelas policiacas de Petros Márkaris, uno de mis escritores favoritos, al que, una vez más, recomiendo encarecidamente desde aquí. La segunda: por el Poems 'n' Crimes, la cafetería que alberga en el vestíbulo de su sede, en la angosta y sombría calle Ayías Irinis, a dos pasos de Monastiraki. Primero descubrí la cafetería, recién inaugurada, hace algo más de un año. Después supe que los libros y los utensilios de imprenta que veía a través de las vidrieras no eran simples objetos de decoración vacíos de contenido, como es habitual en tantos cafés, sino que aquella hermosa vivienda de finales del XIX, recién remozada, era la nueva sede de una editorial. Y en ese momento supe que este café habría de ser mi steki, que es como los griegos llaman al local que suelen frecuentar, al punto de encuentro habitual con los amigos.
Anoche me encontré inesperadamente en la presentación del libro de un conocido, que tuvo lugar, como de costumbre, en el pequeño salón de actos que hay en la primera planta. Tras la lectura de poemas, el acto continuó en la cafetería, donde se dio un pequeño recital de guitarra con canciones cuya letra había escrito también el anfitrión. Acomodado en la barra, al fondo, detrás de guitarrista y poeta, semioculto entre vasos y botellas, observo a los asistentes: muchos amigos y familiares, bastante gente joven, todos desconocidos... y, de pronto, una cara familiar. Al principio dudo, pues está cabizbajo, prensa tabaco en su pipa, que en seguida prende y, con la primera calada, expele una nube de humo que asciende hasta diluirse en la oscuridad de la sala. Coronilla totalmente despoblada, adornada por una greña blanca en la parte posterior. Petros Márkaris se me manifiesta de repente entre el público y ahogo un pequeño conato de júbilo, como si acabara de encontrar a Wally tras una búsqueda de horas.

Lo observo a ratos. El recital continúa en medio de un ambiente íntimo y agradable. Comparte mesa  con el dueño de la editorial (¿el señor Gavriilidis, supongo?), un campechano cincuentón, que tiene más pinta de tabernero que de editor literario: pantalón marrón de paño, camisa blanca a rayas y unos tirantes que circunvalan los laterales de una protuberante barriga. Al terminar el acto, coincido con el editor en el vestíbulo del aseo, donde se ha producido un pequeño overbooking. Este, espontáneo y afable, bromea con los presentes. Cualquiera diría que ese hombre sonriente y dicharachero, que en su juventud debió de ser el guaperas del barrio, es el dueño de una editorial. En cualquier caso, no hay pizca de altivez ni petulancia en él y eso hace que se meta al personal en el bolsillo.

La audiencia se dispersa, el café se vacía lentamente. Márkaris sigue en su mesa, a solas con su pipa. Desde cerca parece mucho más enjuto y frágil que en la tele o en las fotografías. Siempre me pasa; espero de las personas que admiro, sobre todo si es debido a su talla artística o intelectual, una presencia mucho más imponente, como si el físico debiera corroborar su solidez de espíritu o  intelecto. Mi admiración por este escritor no se debe únicamente a los momentos de intriga literaria que me ha brindado a través de su comisario Jaritos, sino también a su visión límpida e inteligente de la crisis griega, que ha sabido plasmar de forma magistral en diversos artículos publicados en prensa (como este). Por un momento pienso en acercarme a saludarlo, pero en seguida desecho la idea. No quisiera molestarlo y en momentos como estos me vence la timidez. Se me dan mucho mejor los cumplidos desde el otro lado de la página. Además, ¿quién sabe?, puede que un día sea él quien me dirija a mí la palabra, aunque sea para pedirme el azúcar. Al fin y al cabo, según parece, compartimos el mismo steki.

17 septiembre 2012

Dos hermanos

Descubrí a los hermanos Kalogerakis una noche de verano en Iraklio, la capital de Creta. Buscaba la tumba de Kazantzakis cuando de pronto reparé en un túnel que se adentraba en la gruesa muralla veneciana. Una vez atravesado, salí al foso que separaba el muro exterior del interior. Ante mí, un pequeño escenario y un centenar de sillas dispuestas en semicírculo. Consulté entonces uno de los programas de mano que encontré sobre una mesa: los hermanos Michalis y Pantelís Kalogerakis, musicalizan poemas de varios poetas griegos (aunque también hay hueco para Neruda y Kundera), bajo el nombre artístico "Ta adelfia Tade", que podríamos traducir como Los hermanos De Tal.

Al poco de tomar asiento comienza la función. En escena, los dos hermanos, estudiantes universitarios, una guitarra, una flauta melódica, un laúd  y un atril, donde un chico que no llega a la veintena recita los poemas que a continuación se licúan en notas musicales. Un piano cobra vida de tanto en tanto bajo los dedos virtuosos de una chica. La música y las voces líricas y potentes de los muchachos llenan la noche sin más artificio que la piedra vieja del bastión y una luna a medio llenar que aja el raso negro del cielo.

Viendo a estos jóvenes brillantes, frescos y sensibles, pero también divertidos, espontáneos y, en el buen sentido de la palabra, pícaros, recobro por momentos la fe en la generación venidera, esa que tendrá que enmendar los entuertos heredados de las anteriores y la convicción de que, aun en la más absoluta oscuridad a la que nos abocamos, seguirán brillando unos pocos rayos de luz que iluminarán el cielo, por muy profundo que sea el pozo en que nos encontremos.

Rizítiko, tipo de canción tradicional de las montañas de Creta occidental.
Laúd y voz: Michalis Kalogerakis
Iraklio, 24/08/12.
 
"El amor exige sensatez, exige humildad,
exige paso de liebre y rapidez de halcón.
Cuando pases con muchos, haz que no lo ves 
y cuando pases solo, arrebátale un dulce beso.
Y cuando te pregunten cómo lo pasas, 
sobre el amor has de decir:
lo paso bien cuando vengo, 
lo paso mal cuando me voy."





07 julio 2012

Poesía y luna

Hace un par de años, en el mítico plenilunio de agosto, la única noche del año en que los sitios arqueológicos de toda Grecia se abren al público y se inundan de música y danza, me quedé sorprendido al redescubrir la potentísima luz de la luna llena en el raso cielo estival. Hace unos días volví a sentir algo similar, aunque ráfagas de luz eléctrica de coches y farolas salpicaban la ciudad, durante el recital de poesía y música organizado por el Ayuntamiento de Atenas en la céntrica plaza Klafzmonos, aprovechando el fin del ciclo lunar.

Fueron muchos los poetas, algunos veteranos de renombre, que participaron en el acto, así como músicos y cantantes, entre ellos Eleni Tsaligopoulou, una de las mejores voces femeninas del país. Además del destello azulado y perenne que iba desplegándose sobre la avenida adyacente conforme la luna se alzaba sobre los tejados, me sorprendió la numerosa presencia de público de todas las edades y, a juzgar por las vestimentas, todas las tribus urbanas.

Confieso que no aguanté más de un par de horas el plantón y que llegado a un punto el declamar de versos en la lengua de Homero me dejó exhausto, incapaz de procesar más figuras y metáforas. No obstante, quisiera compartir aquí dos momentos que marcan el recuerdo de esta velada: las consoladoras palabras referidas al desencanto vital de los griegos de hoy con que el poeta Titos Patrikios concluyó su intervención: la poesía da respuesta a cuestiones que no se han planteado todavía; y los últimos versos de la canción "Pequeña patria" (Mikrí patrida) en los labios de la Tsaligopoulou:


Nunca hice largos viajes,
viajó mi corazón, y eso me basta,
por sueños y sentimientos líquidos
hasta respirar el mundo oculto.

Mi viaje más largo fuiste tú,
tú fuiste la noche, el sueño del día,
mi pequeña patria, mi cuerpo y mi principio,
mi tierra, mi aliento y mi aire.

30 junio 2012

Contra la crisis, cultura

Dicen que en las épocas de crisis es cuando surgen los movimientos artísticos e intelectuales más fértiles e interesantes. Por eso no me extrañó en demasía encontrar un agitadísimo panorama artístico a mi vuelta a Atenas, tras una prolongada ausencia. Por lo demás, casi nada ha cambiado: el país sigue a la deriva tras el inesperado resultado de las elecciones (fruto de la campaña del miedo ejercida por doquier), los ánimos más resignados que crispados, algunas tiendas de más cerradas y unas pocas nuevas abiertas... El verano parece ser la única novedad y como cada año trae consigo una ola de festivales y actividades culturales que inundan la ciudad antes del éxodo masivo de julio y agosto.

Este año, sin embargo, me encuentro con que, además del excelente Festival de Atenas y Epidauro, el segundo Festival de Cine de Verano o el tradicional Rockwave de Malakasa, a las afueras de Atenas, ha surgido una enorme oferta de actos y eventos gratuitos de diversa índole, como el bazar del libro que diversas editoriales organizan últimamente, un mercadillo solidario en los jardines del exquisito Mégaro Musikís (Palacio de la Música) o una velada poética al sereno en la céntrica plaza Klafzmonos de la mano de varios poetas del momento.

Dicen que en las épocas de crisis es cuando los espíritus se reencuentran y se unen ante la adversidad y la falta de bienes materiales. No hay mal que por bien no venga, pienso, mientras atravieso el decadente pero vibrante barrio de Exarjia y el reconfortante viento del norte contrarresta el sofoco del asfalto. Mientras tanto, en la vieja Iberia, los gobernantes se apresuran a puentear leyes que supuestamente protegen el bien común para poder albergar un macrocomplejo del consumismo desaforado (juego, drogas, prostitución), so pretexto de que éste es el camino de salida del túnel. Lo dejan a uno sin palabras. Nos queda crisis para rato y, por desgracia, no es sólo económica.



30 junio 2011

Sueño de una noche de verano

Escenario de lujo: el del Estadio Kalimármaro con la Acrópolis de fondo
El mármol de las gradas del milenario Estadio Panatenaico aún desprenden el calor acumulado durante el día cuando da comienzo la ceremonia de apertura de los XIII Juegos de Verano Special Olympics Atenas 2011. Los Special Olympics son el gran desconocido del sello olímpico y no reciben demasiada atención mediática, ya que no reúnen a deportistas de élite, sino a personas con discapacidad psíquica de más de cien países que compiten en una veintena de deportes. Se celebran cada cuatro años, como toda olimpiada, y su fundadora fue Eunice Kennedy, la hermana del célebre presidente de los EEUU.

Siete años después, Grecia vuelve a albergar un evento deportivo a gran escala y la situación no puede ser más desigual, tanto por la discreta acogida de una sociedad divivida (¿es este momento para fiestas?) como por la gravísima situación económica. Sin embargo, la ceremonia de apertura se desarrolló, como cabría esperar, bajo un halo de magia y fantasía, sin lujos excesivos, pero con todos los ingredientes de toda ceremonia que se precie: desfile de atletas, izado de bandera, actuaciones estelares (Steve Wonder, Vanessa Williams), juramento olímpico y la llegada al estadio de la Llama de la Esperanza, que presidirá el estadio durante el desarrollo de los Juegos.

28 abril 2011

Lo mejor de Oriente y Occidente

Milhojas
De mis visitas y breves estancias en Grecia, mucho antes de mudarme a Atenas, fui atesorando diversos recuerdos sensoriales, olores y sabores aletargados en algún rincón de mi cabeza que de pronto revivían cuando el estímulo adecuado los activaba. Así, como la magdalena de Proust, los condimentos de un bifteki, la pastosidad del sésamo y la miel o la amarga espuma de un refrescante frappé hacían que se agolparan en mi mente los recuerdos de veranos pasados bañados por el sol. Sin embargo, no fue hasta hace unos meses cuando, un día cualquiera, en una calle cualquiera de esta inmensa mole urbana, descubrí, para mi sorpresa, un nuevo elemento de esta anamnesis olfativa que hasta ese momento había permanecido oculto: el penetrante olor a canela y azúcar, que con una sola inspiración activa los mecanismos cerebrales que ordenan la salivación inmediata. A apenas una decena de metros, haciendo esquina, me esperaba una de las muchas y exquisitas confiterías que salpican no sólo Atenas, sino toda Grecia.

Siropiastá
 Y es que lo prometido es deuda, y no podíamos dejar pasar un día más sin hablar de la excelente repostería de este país, que nada tiene que envidiar a la del resto de Europa; más bien diría yo al contrario, pues aquí se funden la tradición pastelera europea con la oriental, aderezadas con el toque típico de la tierra y un mimo en la preparación, que si se aplicara en otros ámbitos, éste sería un país mucho mejor. En efecto, para los "dulzólatras", la visita a una pastelería griega es obligatoria, porque aquí, el dulce es el protagonista por sí solo, no queda supeditado al café ni se le considera mero acompañante de este. El dulce es la estrella de la tarde y no resulta en absoluto extraño acompañarlo simplemente de un vaso de agua fresca que, como bien saben los que han tenido la suerte de dejarse caer por aquí, es lo primero que te plantan en la mesa en cafés bares y tabernas, siempre, claro está, cortesía de la casa.



Chocolatinas
Me resulta dificilísimo dar cuenta de la extensísima variedad de tartas, pasteles y pastas que se pueden (y deben) degustar en las confiterías de esta ciudad, pero no puedo dejar de mencionar: los exquisitos milhojas que nada tienen que envidiar a los franceses, los sublimes siropiastá (pastelillos de pasta filo y frutos secos, bañados en sirope) y en especial el baklavás, los bizcochos, ya sean los borrachos (de diferentes sabores: sokolatópita de chocolate, karidópita de nueces...) o el ternísimo tsureki (muy típico de Pascua), sin olvidar la interminable variedad de chocolatinas rellenas, con sus vistosísimos envoltorios plateados (amén de los dulces navideños, de los que ya hablamos en su momento). Era mi intención dar un par de direcciones para orientar al visitante, pero de verdad el nivel de la repostería helena es tan alto que casi cualquier confitería le dejará más que satisfecho. Así pues, prefiero dejar que sea el cálido olor a canela y azúcar quien lo asalte cuando menos se lo espere, en la calle más mundana, guiándolo a estos
recónditos museos de la delicia.

¡Feliz tentación!

Tsureki
Baklavás 

01 junio 2010

Cine bajo las estrellas

El verano ateniense se ha adelantado unas semanas, por suerte o por desgracia. Por desgracia, porque esta es una de las ciudades con menos espacios verdes de Europa y la canícula se sufre aquí especialmente. Por suerte, porque con las altas temperaturas, la ciudad se echa a la calle de la forma en que los pueblos del Sur llevan haciendo desde hace milenios. Un elemento básico de esta cultura de la calle, que afortunadamente aún pervive, son los cines de verano. Sólo de oídas puedo contar seis en el centro de Atenas. Personalmente, a mí los cines de verano me evocan mi infancia... Anoche inauguré no sólo la temporada cinematográfica estival, sino (casi literalmente) también la nueva azotea de la Filmoteca Nacional. La excusa: L'uomo che ama, producción italiana (donde actuaba también nuestra Marisa Paredes). No es la mejor película que he visto últimamente, pero en líneas generales me gustó. Claro que allí arriba, aún más cerca del cielo sin estrellas de la Polis, disfrutando de la brisa vespertina y de una buena cerveza a la luz del proyector cualquier película sabe mejor...