A Elias Vamvacoussis lo conocí anoche, de forma totalmente inesperada, en la terraza del mítico barMicrá Asía, en Gazi. Aunque cueste trabajo creerlo, el concierto estuvo a punto de ser cancelado por la lluvia, y es que el tiempo en Atenas estos días es más propio de finales que de pleno verano.
Finalmente, una vez despejado el cielo, decidieron actuar en un improvisado unplugged, que dio un aire aún más intimista a la noche pasada por agua. Dos guitarras, dos voces masculinas y una femenina. Sin más artificio.
Entre canciones propias y ajenas, hubo una que me transmitió más que la demás. Quizá fuera la melancolía de la lluvia que aún flotaba en el aire o este atisbo de otoño en mitad de julio. Quizá el rasgar de la guitarra en estado puro y la voz desnuda, sin micrófonos. O la evocación de imágenes cotidianas de esta ciudad que ya forma parte de mí y que algún día serán recuerdos borrosos como la ciudad difuminada tras la lluvia. El caso es que me la llevé prendida en la piel y ya no ha dejado de sonar en mi cabeza. Y quería compartirla aquí.
Termino el año como manda la tradición griega, con los villancicos de Año Nuevo (ya en tiempos hablé de los de Navidad). Lo hago porque sí, porque me apetece, porque esta cancioncilla entrañable solo se canta un día al año y el gélido viento del norte, que sopla con promesa de nieve, parece susurrármelo desde la mañana.
La letra de este villancico tiene truco y durante mucho tiempo no conseguí descifrar su significado, pues los versos parecían no tener ninguna correlación entre sí. Cuál no fue mi sopresa cuando un día como hoy decidí investigar el asunto y supe que esta alegre cancioncilla, dedicada casi en su totalidad a Ai Vasilis (San Basilio el Grande, el Papá Noel griego que trae los regalos el primer día del año), esconde una serenata de amor (más bien, queja de amor) de un chico pobre a una doncella, allá por la época de Bizancio. Entonces (¿como ahora?) los festejos populares eran la única ocasión en que dos personas de diferente rango social pudieran interactuar. Así, los cálanda se cantaban (y se cantan) de puerta en puerta a cambio de un pequeño aguinaldo. Este en cuestión, tiene sentido únicamente si se leen los versos alternos: los impares son los propios del villancio, mientras que los pares esconden el mensaje secreto para la amada.
Mientras que los versos impares se limitan a desear feliz comienzo de año y evocar algunas escenas religiosas, en los versos pares el chico elogia a la doncella, diciéndole que es alta como un romeral (en griego, de género femenino, más acorde), que parece una iglesia con su cúpula (alusión a los altos sombreros cónicos de la época). El chico quisiera que salga de su casa para que se alegre su corazón, pero ella no se digna hacerlo. Entonces ruega a "su dulce señora" que que se fije en él. Por último, se dirige a San Basilio en busca de ayuda o consuelo.
Resulta muy difícil, y puede que sea imposible, trasvasar la plasticidad y sonoridad de los versos griegos al español, pero aquí dejo un bosquejo de traducción de este famoso villancico.
1. Comienza el mes, comienza el año
2. Mi alto romeral
3. feliz año nuevo tengamos todos
4. iglesia con su sagrada cúpula
5. Al principio salió Cristo, sagrado espíritu,
6. a caminar sobre la tierra para alegrar nuestros corazones
7. San Basilio viene
8. y no se digna recibirnos
9. de Cesarea
10. tú eres mi señora
11. Lleva un icono y un papel
12. tan dulce como si fuera de azúcar
13. un papel y una pluma
14. mira a este humilde muchacho
15. La pluma escribía
16. y le decía su desdicha
17. Y el papel habla
18. ¡mi buen santo, Basilio!
19. Siéntate y come, siéntate y bebe
20. Siéntate y cuéntanos tu pena
21. Siéntate y canta para alegrar nuestros corazones.
Seis de la mañana. El meltemi sopla en el patio, golpeando todo lo que encuentra a su paso. Se adentra en el dormitorio y me envuelve en una caricia fresca y firme, casi violenta. Y en este precoz despertar, me viene la melodía que Theodorakis puso a los versos Elitis...
Al pequeño viento del norte le pedí que fuera un buen chico,
que no me diera portazos ni golpes en la ventana,
pues en esta casa velo a mi amor que se muere,
y le miro a los ojos y apenas respira.
¡Adiós, huertos; adiós, arroyos!
¡Adiós, besos y adiós, abrazos!
Adiós a los cabos y a los rubios arenales,
adiós a los juramentos eternos.
Me inundan los lamentos, pues en este mundo
los veranos perdí y caí en el invierno.
Como el barco que iza sus velas y se hace a la mar
veo desaparecer la tierra y contraerse el mundo.
No todas las canciones griegas tienen un buzuki de fondo ni se prestan a bailarse encima de las mesas o las sillas de una sala de fiestas. Hoy quiero escuchar una de esas canciones. Aunque fue compuesta hace más de ochenta años, es una de mis favoritas y, como todas las grandes canciones, atemporal e imperecedera. Versionada generación tras generación por hombres y mujeres, enlazo más abajo la versión de Haris Alexiou (quizá la mejor de las voces helenas), pues en sus labios la escuché por primera vez, hace ahora una década.
Es conocido que la fiesta religiosa más importante para los ortodoxos es la Pascua de Resurrección y no la Navidad, como para el resto de los cristianos (lo cual, bien pensado, tiene más lógica, pues lo que dota al cristianismo de sentido es la resurrección de Cristo, no su nacimiento). Esto no quita que los griegos mantengan, como los demás pueblos de tradición cristiana, hermosas costumbres locales, como sus exquisitos dulces caseros (a los que ya dedicamos este post hace dos años), la decoración del árbol y..., variante local de la tradición nórdica, del barco, seña de identidad de un pueblo marinero desde los albores de la historia, y, cómo no, sus cánticos navideños.
Los griegos diferencian entre los villancicos tradicionales,cálanda(κάλαντα), de origen bizantino, transmitidos de generación en generación, y los villancicos extranjeros, sean cultos o no, que ya comparten todos los países, desde el Noche de paz (aquí Άγια Νύχτα) o El tamborilero (Ο μικρός τιμπανιστής), hasta el insufrible Santa Claus is coming to town, a los que se refieren simplemente como "canciones navideñas" (χριστουγεννιάτικα τραγούδια).
Hay tres tipos de cálanda: los de Navidad, los de Año Nuevo y los de la Epifanía (si bien estos últimos parecen haber caído en el olvido). En sendas vísperas, los niños van de casa en casa cantando los cálanda correspondientes, a cambio de un aguinaldo, como se solía hacer en España (desconozco si esta tradición pervive). En lugar de panderetas y zambombas, los niños griegos acompañan sus cánticos con el triángulo, la flauta, el laúd y el tambor. Hoy, pues, tocan los cálanda de Navidad y he encontrado esta hermosa versión cantada por la mítica Nana Mouskouri, acompañada de entrañables imágenes.
Descubrí a los hermanos Kalogerakis una noche de verano en Iraklio, la capital de Creta. Buscaba la tumba de Kazantzakis cuando de pronto reparé en un túnel que se adentraba en la gruesa muralla veneciana. Una vez atravesado, salí al foso que separaba el muro exterior del interior. Ante mí, un pequeño escenario y un centenar de sillas dispuestas en semicírculo. Consulté entonces uno de los programas de mano que encontré sobre una mesa: los hermanos Michalis y Pantelís Kalogerakis, musicalizan poemas de varios poetas griegos (aunque también hay hueco para Neruda y Kundera), bajo el nombre artístico "Ta adelfia Tade", que podríamos traducir como Los hermanos De Tal.
Al poco de tomar asiento comienza la función. En escena, los dos hermanos, estudiantes universitarios, una guitarra, una flauta melódica, un laúd y un atril, donde un chico que no llega a la veintena recita los poemas que a continuación se licúan en notas musicales. Un piano cobra vida de tanto en tanto bajo los dedos virtuosos de una chica. La música y las voces líricas y potentes de los muchachos llenan la noche sin más artificio que la piedra vieja del bastión y una luna a medio llenar que aja el raso negro del cielo.
Viendo a estos jóvenes brillantes, frescos y sensibles, pero también divertidos, espontáneos y, en el buen sentido de la palabra, pícaros, recobro por momentos la fe en la generación venidera, esa que tendrá que enmendar los entuertos heredados de las anteriores y la convicción de que, aun en la más absoluta oscuridad a la que nos abocamos, seguirán brillando unos pocos rayos de luz que iluminarán el cielo, por muy profundo que sea el pozo en que nos encontremos.
Rizítiko, tipo de canción tradicional de las montañas de Creta occidental. Laúd y voz: Michalis Kalogerakis
Iraklio, 24/08/12. "El amor exige sensatez, exige humildad,
exige paso de liebre y rapidez de halcón. Cuando pases con muchos, haz que no lo ves
y cuando pases solo, arrebátale un dulce beso. Y cuando te pregunten cómo lo pasas, sobre el amor has de decir:
Hace un par de años, en el mítico plenilunio de agosto, la única noche del año en que los sitios arqueológicos de toda Grecia se abren al público y se inundan de música y danza, me quedé sorprendido al redescubrir la potentísima luz de la luna llena en el raso cielo estival. Hace unos días volví a sentir algo similar, aunque ráfagas de luz eléctrica de coches y farolas salpicaban la ciudad, durante el recital de poesía y música organizado por el Ayuntamiento de Atenas en la céntrica plaza Klafzmonos, aprovechando el fin del ciclo lunar.
Fueron muchos los poetas, algunos veteranos de renombre, que participaron en el acto, así como músicos y cantantes, entre ellos Eleni Tsaligopoulou, una de las mejores voces femeninas del país. Además del destello azulado y perenne que iba desplegándose sobre la avenida adyacente conforme la luna se alzaba sobre los tejados, me sorprendió la numerosa presencia de público de todas las edades y, a juzgar por las vestimentas, todas las tribus urbanas.
Confieso que no aguanté más de un par de horas el plantón y que llegado a un punto el declamar de versos en la lengua de Homero me dejó exhausto, incapaz de procesar más figuras y metáforas. No obstante, quisiera compartir aquí dos momentos que marcan el recuerdo de esta velada: las consoladoras palabras referidas al desencanto vital de los griegos de hoy con que el poeta Titos Patrikios concluyó su intervención: la poesía da respuesta a cuestiones que no se han planteadotodavía; y los últimos versos de la canción "Pequeña patria" (Mikrí patrida) en los labios de la Tsaligopoulou:
Nunca hice largos viajes, viajó mi corazón, y eso me basta,
Llevo tiempo queriendo hacer un post musical, desmarcarme de la crónica cotidiana y dedicarme a sonidos y voces que no por circular por mercados minoritarios, como el helenófono, son menos brillantes que otros de proyección más internacional. Uno de los compositores y cantantes más destacados de los últimos años es, sin duda, Kostís Maraveyas y su banda Maraveyas Ilegal. Su último álbum "Welcome to Greece" puso la banda sonora a mi primer verano griego, en las retorcidas carreteras del mar de olivos que es el Peloponeso y en las playas paradisiacas del Egeo. Tuve ocasión de verlo actuar en directo, a un metro de distancia, una lluviosa noche de invierno en un bar de Gazi, el barrio más hipster de Atenas. En un ambiente íntimo y distendido, como si estuviéramos entre amigos, Maraveyas se metió al público en el bolsillo.
Es con diferencia la noche más fría desde que vivo en Atenas. Son las once y media de la noche y aunque la nieve dejó de caer hace unas horas, el viento cortante como una cuchilla coge una velocidad vertiginosa en la interminable e inhóspita avenida Pireós, que une el centro con la ciudad portuaria de El Pireo. En este tramo de la carretera sólo hay grandes naves industriales, la mayoría de ellas en estado de abandono, y de la nada surge el edificio del Kortsopon. El Kortsopon es uno de los muchos locales con música tradicional en directo y (cómo no) baile: esa forma de diversión intrínsecamente griega.
El local es una inmensa cabaña de madera y en su interior alberga, además del escenario y una pista de baile cuadrangular, medio centenar de mesas donde la gente beberá, comerá, presenciará la exhibición de baile y finalmente se unirá a este, participando así activamente de la gran fiesta. Esta noche me siento privilegiado, pues soy invitado de la Sociedad Póntica del distrito de Ayía Varvara, al oeste de la ciudad.
Los griegos pónticos (o pondios a secas, como se conocen en griego) merecen un post exclusivo, pero para contextualizar la noche de hoy, me limitaré a decir que son una comunidad griega asentada desde hace miles de años en el litoral sur del Mar Negro (actualmente, parte del Estado turco). La historia de los pondios se parece tristemente a la de los armenios, pues ambos pueblos fueron víctimas de genocidio a manos de los turcos, si bien el genocidio póntico no está reconocido oficialmente (entiéndase por EEUU) y sea aún hoy un tema controvertido. En la actualidad, se calcula que de los once millones de habitantes que posee el Estado griego, unos dos millones son pondios, etnia helénica y cristiana ortodoxa con su propio dialecto (más cercano al griego clásico que el griego moderno estándar), tradiciones e historia. Lo más evidente esta noche son sus bailes, que en nada recuerdan a los "típicos" bailes griegos a los ojos de un extranjero.
Esta noche me siento especialmente afortunado, no sólo porque mis anfitriones se deshagan en atenciones y me hayan acogido como uno de ellos (hasta me atreví con el más sencillo de los ochenta bailes pónticos existentes), sino porque soy testigo de una reunión entrañable y festiva, donde gente de todas las edades y condiciones, que viven desperdigados y mezclados en esta voraginosa amalgama de pueblos y gentes que es hoy Atenas, se dan cita para rendir homenaje a las tradiciones heredadas de sus ancestros, que se resisten a olvidar, y el amor a una tierra, a una nación (el Ponto) que otrora fue suya y que ya no existe ni existirá,. Una nación que aún sobrevive en cada nota de la lira o el taúl, en cada verso sobre el amor, el desamor y la nostalgia de la Madre Patria y, sobre todo,en las generaciones venideras de pónticos, cualquiera que sea su ciudad o país de nacimiento.