La pequeña catedral de Atenas no es, ni
nunca fue, una catedral. El nombre le viene, ya en época moderna, por
encontrarse literalmente a la sombra de la novísima Catedral de Atenas,
que data de mediados del XIX. Cabe señalar que el concepto de catedral
(o metrópolis, μητρόπολη) en la iglesia ortodoxa dista mucho de la
magnificencia e importancia que adquiere en la iglesia católica. La
estructura administrativa ortodoxa hace que haya muchas más "catedrales" y
"obispos" que en la católica, con lo cual su envergadura es muy
inferior. Despierta mucho mi interés la concepción del espacio (lo
enorme en el catolicismo, lo diminuto en la ortodoxia), algo que
impregna todas las manifestaciones religiosas de ambas culturas, pero no
quiero apartarme del tema.
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31 julio 2017
15 febrero 2013
El legado de Lisícrates
Es,
sin duda, mi rincón favorito de la ciudad. Primero, por su ubicación,
discreta e inesperada, a un paso de los circuitos turísticos
más trillados. Y después, porque se encuentra muy cerca de mi casa y es, por tanto,
lugar de paso habitual y parte de mi día a día. Se
trata del Monumento de Lisícrates, aunque yo suelo referirme a él como
el "chirimbolo", a secas, por los motivos obvios. Construido en el año 334 a.C. sobre base cuadrada de piedra porosa y cuerpo cilíndrico de mármol pentélico, con seis columnas de orden corintio, es el único monumento corégico que ha sobrevivido, casi íntegro, a la azarosa y
extensa historia de Atenas. Para ser exactos, quedan restos de otro, el monumento de Trasilo, que son esas dos columnas solitarias que destacan a los pies de la muralla sur de la Acrópolis.
13 diciembre 2012
La galería del silencio
| Galería Arsakíu desde el acceso de la calle Stadiou |
| Imprenta soviética |
La más grande de ellas, la Galería Arsakíu, construida en 1900, fue diseñada por Ernst Ziller, el célebre arquitecto sajón al que Atenas debe varios de sus edificos más emblemáticos, como el Teatro Nacional o el Palacio Presidencial. De planta cruciforme, esta galería fue siempre mi favorita, por varios motivos: la luz natural que, tamizada por su tejado de vidrio, inunda los corredores; la vieja imprenta soviética expuesta en el crucero de la galería, bajo la cúpula; una cuidada librería especializada en viajes y las mesas del café Orfeas que desde 1926 colonizan parte del crucero. Sin embargo, últimamente evito pasar por ella, pues es una herida abierta y supurante de la crisis: las vitrinas relucientes y llenas de color han dado paso a escaparates encadenados que muestran la desnudez de sus entrañas polvorientas. Apenas sobreviven un puñado de negocios y los corredores de la galería son hoy más largos y silenciosos que nunca, sin las mesas del regio café para dotarlos de vida.
La Galería del Libro, propiamente dicha, unida a uno de los extremos del transepto, es otra historia. Y no saben cuánto me alivia. Fundada en 1996 como un punto de encuentro cultural, es la sede de la Universidad Libre (Eléfzero Panepistimio), que organiza seminarios trimestrales sobre diversas materias. Sus locales albergan exclusivamente puntos de distribución y venta de una veintena de editoriales griegas. Es una mañana fría de invierno y mis pasos sin rumbo me han traído aquí. Accedo por la entrada exterior, que da a la calle Pesmazoglou, y me topo de bruces con el mítico Teatro del Arte (Zéatro Tejnis), la vanguardista escuela de artes escénicas que acaba de cumplir 70 años. Me adentro en la galería, que, ¡oh, sorpresa!, rezuma vida. Casi todas las mesas de la cafetería Gramma (oportunísimo nombre, pues significa "Letra") están ocupadas, las librerías, a diferencia de los locales de la galería anexa, están todas en pleno funcionamiento (sólo hay un local vacío). Me doy un paseo por la galería y observo lo que sucede a mi alrededor: en la taquilla del teatro una estudiante adquiere entradas para la función de la noche, un grupo de jóvenes universitarios acarrea una montaña de tochos recién comprados (consigo leer el título de uno de ellos: Teoría de Sistemas), dos hombres restallan las cuerdas de sendos baglamás en una mesa del café, un anciano trajeado lee el periódico... Un refugio acogedor contra el frío del invierno, una sordina al incesante ruido del tráfico en pleno centro de la ciudad, un remanso de ocio y despreocupación donde no tiene cabida la martilleante crisis. Me pregunto cuánto más aguantará.
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| (i) Entrada a la Galería del Libro desde el interior de la Galería Arsakíu (d) Entrada del Teatro del Arte (Zéatro Tejnis) |
06 octubre 2012
Odós Filopappou
Siempre he dicho que Atenas no es una ciudad fácil para el visitante, cuánto menos si éste desconoce la lengua local; que es una ciudad que hay que querer querer, cuya historia, sobre todo la más reciente, es preciso saber para poder entenderla; que basta con rascar un poquito más allá del paquete turístico y la manida ruta arqueológica para descubrir y apreciar sus encantos sutiles y dejarse embelesar por ellos.
Esto andaba pensando una tarde-noche hace unas semanas, mientras recorría las callejuelas intrincadas entre Monastiraki y Kukaki. Sentía que la ciudad me volvía a dar la razón y entonces, entre la neblina que sigue a una débil tormenta de verano y la nebulosa narcoléptica del masivo éxodo urbano, surgió ante mis pies la desierta calle Filopappou...
23 mayo 2012
La plaza de la discordia
Fue en tiempos una plaza circular llena de hermosos parterres y rodeada de bellos edificios neoclásicos. Diseñada a mediadios del siglo XIX, por orden de Otón I, primer rey de Grecia, tomó su nombre actual precisamente tras su abdicación, cuando las diferentes fuerzas políticas decidieron unir sus fuerzas: platía Omonías (plaza de la Concordia).
Tradicionalmente para los atenienses el centro por antonomasia es Omonia y sólo después de ella existen Syntagma o Monastiraki. Esto se debe a que en las inmendiaciones de esta mítica plaza, hoy afeada por el hormigón, se concentra un elevado número de comercios, instituciones públicas y el bullicioso Mercado Central, en la calle Athinás. También para los turistas Omonia es un punto de referencia, pues en sus inmediaciones se encuentra gran parte de la oferta hotelera de la ciudad.
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| La plaza Omonia en 1930 |
Tradicionalmente para los atenienses el centro por antonomasia es Omonia y sólo después de ella existen Syntagma o Monastiraki. Esto se debe a que en las inmendiaciones de esta mítica plaza, hoy afeada por el hormigón, se concentra un elevado número de comercios, instituciones públicas y el bullicioso Mercado Central, en la calle Athinás. También para los turistas Omonia es un punto de referencia, pues en sus inmediaciones se encuentra gran parte de la oferta hotelera de la ciudad.
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| Vista de la plaza en 1960 |
Hoy, en cambio, todo esto está cambiando y Omonia se ha convertido en un mero lugar de paso, un importante nudo de carreteras y un enorme intercambiador de transporte urbano. De noche, además, es un punto negro en el plano de la ciudad. Cuando las tiendas echan el cierre, el trasiego incensante de personas camino del trabajo, la facultad u otros menesteres varios deja paso a un tenebroso desfile de sombras donde drogas, prostitución y delincuencia campan a sus anchas. Omonia se ha convertido en la cara del dolor, la exclusión y la miseria, del fracaso del Sistema y la vertiginosa caída libre de este país desde el chute de euforia y orgullo patrio que supusieron las Olimpiadas de 2004 hasta la humillación y el escarnio nacional de mano de sus propios dirigentes y de la Troika.
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| La plaza en la actualidad |
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| Esta impopular estructura decora hoy la plaza |
30 julio 2011
¿Es esto amor?
Uno se da cuenta de que ha vivido en un mismo lugar más tiempo del que
debería cuando empieza a encontrar atisbos de belleza en la fealdad más
absoluta. Como cuando nos enamoramos. Más allá de la magia de sus
monumentos milenarios, el encanto de sus entrañables tabernas y la
bulliciosa animación de sus paseos, desde hace un tiempo me sorprendo
admirando escenarios urbanos que en otras circunstancias no me habrían
llamado en absoluto la atención o incluso me habrían horrorizado, como
una avenida Singrú desierta o algunas viviendas del centro que aún
supuran un señorío decadente.
02 marzo 2011
Atenas todo el año
Aunque son raros los días de frío excesivo, este último sábado de febrero vuelve a cumplirse el viejo refrán popular Mártis gdártis (Marzo el desollador). El tiempo casi primaveral de hace un par de semanas se ha recrudecido y los termómetros han acordado plantarse en la media docena de grados. Pese a todo, me recreo en mi periplo matutino por el centro histórico. La ciudad tiene otro color sobre este fondo gris cielo y este ambiente semifestivo del sábado.
Cuando la sensación hipotérmica se me hace insoportable, decido parapetarme en compañía de una amiga en una de esas cafeterías griegas que abren casi de sol a sol, pasando del café a las copas en cuanto cae la noche. Tras visitar la pequeña exposición de pintura en la entreplanta del local, por fin consigo entrar en calor gracias a un humeante té de jazmín, mientras mi amiga da cuenta de las múltiples actividades que se avecinan. Y en ese momento, compartiendo con otra veintena de clientes la inmensa mesa de madera del mítico Booze Cooperativa en la céntrica y sombría calle Kolokotroni, me doy cuenta de lo mucho que tiene que ofrecer esta ciudad con tan sólo rascar un poquito, más allá de los monumentos arqueológicos y las pintorescas tabernas de Plaka, en las otrora comerciales calles del centro, hoy poco transitadas y repletas de rincones mágicos, dignos de visitar todo el año, aunque haga frío.
20 diciembre 2010
Luces de bohemia
Atenas es una gran ciudad. No es que me haya dado cuenta ahora, pero hacía tiempo que no lo recordaba. A pesar de sus calles atascadas, de sus sempiternas huelgas y violentas manifestaciones (hoy más al día que nunca) y, sobre todo, a pesar de que no todos sus habitantes estén a la altura de su valiosísimo legado milenario.
Esto, entre otras muchas cosas, me ha estado rondando la cabeza esta última semana mientras enseñaba la ciudad a mi amigo Raúl, mientras pateábamos el centro de cabo a rabo, día tras día, obligados por las interminables huelgas del transporte público. A pesar de haber coincidido con la semana más inestable del año, la estancia de Raúl ha resultado muy interesante y provechosa, no sólo para él, que pisaba el gastado suelo ático por primera vez, sino también para mí, pues he vuelto a reinterpretar esta ciudad a través de la mirada del otro.
La gélida bruma del día de su llegada dio paso a varias jornadas de insistente lluvia y huesos calados por el frío, pues no teníamos más medio de locomoción que nuestras propias piernas. Aun así, hemos disfrutado la ciudad como ningún turista veraniego podrá hacer jamás:
admirando la majestuosidad con que un Partenón solitario compite en firmeza con un cielo de hormigón;
oliendo la hierba húmeda que rodea el estrado del orador en el Pnyx, el primer parlamento democrático de la Humanidad, desde el que personalidades como Pericles o Demóstenes se dirigieron a los atenienses hace más de dos mil años;
degustando uno de los mejores baklavás de la ciudad en una de esas exquisitas confiterías de ensueño que nos recuerdan que estamos a las puertas de Oriente;
entrando en calor a fuerza de rakómelo bien caliente (una especie de orujo con miel, canela y clavo), acompañado de deliciosos mezedes griegos;
observando en silencio la vieja cancela del Politécnico de Atenas, hoy heroicamente expuesta, que fue derribada hace más de treinta años por los tanques que pusieron así fin a un encierro estudiantil contra la dictadura, que se saldó con decenas de muertos;
comiendo un humilde estofado de legumbres en una mesa compartida con un grupo de sindicalistas desconocidos en una vieja tabernucha sin nombre, escondida en un sótano cerca del Mercado Central;
presenciando la difícil situación de un pueblo contestatario por naturaleza que no se deja arredrar por las coacciones de un sistema económico agonizante;
pero también contemplando desde la selecta cafetería del Hilton una preciosa puesta de sol y cómo de la oscuridad surgen millones de lucecitas que dibujan un fabuloso escenario nocturno. Estas luces de bohemia, que ahora se multiplican con la llegada (aquí también) de la Navidad, son una triste metáfora de los duros tiempos que atraviesa este país, pero también una señal esperanzadora de que al final de todo túnel siempre aguarda una luz.
Definitivamente, Atenas es una gran ciudad.
29 junio 2010
A los pies de una roca
Hace poco me preguntaron por enésima vez qué me había traído a Atenas y volví a responder lo de siempre: lo mismo me pregunto yo casi todos los días. Esta respuesta, aparentemente una ocurrencia más de las mías e interpretada como tal por mi interlocutor, que suele echarse a reír, es, sin embargo, una verdad simple y desnuda. Y por más que me hago la pregunta, no logro dar con ninguna respuesta convincente. Atenas no es la joven promesa de Berlín ni la grandeur de París ni la ciudad de las oportunidades de Nueva York... Tampoco es la joya oriental de Estambul ni el caos de El Cairo ni el exotismo de Pekín... Y sin embargo a veces se parece un poquito a todas a la vez. No es Europa ni es Asia y quizá sea esa encrucijada milenaria, piedra angular de lo que somos hoy, la que hace de ella una ciudad con un aura mágica, decadente y embriagadora, lejos de la ostentación y la vanagloria de muchas de nuestras metrópolis contemporáneas... Y todo esto a los pies de una Roca Sagrada. Que se dice pronto.
En la foto, la terraza del bar Bios y su impresionante vista. Puede que no sepa muy bien qué me ata a esta ciudad, pero en noches como esta solo sé que no podría estar en ningún otro lugar.
01 junio 2010
Cine bajo las estrellas
El verano ateniense se ha adelantado unas semanas, por suerte o por desgracia. Por desgracia, porque esta es una de las ciudades con menos espacios verdes de Europa y la canícula se sufre aquí especialmente. Por suerte, porque con las altas temperaturas, la ciudad se echa a la calle de la forma en que los pueblos del Sur llevan haciendo desde hace milenios. Un elemento básico de esta cultura de la calle, que afortunadamente aún pervive, son los cines de verano. Sólo de oídas puedo contar seis en el centro de Atenas. Personalmente, a mí los cines de verano me evocan mi infancia... Anoche inauguré no sólo la temporada cinematográfica estival, sino (casi literalmente) también la nueva azotea de la Filmoteca Nacional. La excusa: L'uomo che ama, producción italiana (donde actuaba también nuestra Marisa Paredes). No es la mejor película que he visto últimamente, pero en líneas generales me gustó. Claro que allí arriba, aún más cerca del cielo sin estrellas de la Polis, disfrutando de la brisa vespertina y de una buena cerveza a la luz del proyector cualquier película sabe mejor...
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