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12 agosto 2017

Mani (1): La península indómita


Hacía años que tenía anotada en mi agenda la península de Mani, el brazo central de los tres en que termina el Peloponeso, y el que llega más al sur. Como he dicho en más de una ocasión, en Grecia todas las tierras tienen historia, pero unas historias resultan más apasionantes que otras y las que esconde Mani bien podrían inspirar el guión de las series épicas tan de moda en los últimos años.

25 marzo 2013

Kalamata, my love!

Hacía tiempo que Kalamata, capital de la provincia de Mesenia, en la esquina suroeste del Peloponeso, se me resistía. Lo cierto es que yo mismo la había desmerecido en favor de otras atracciones cercanas. Bien es sabido que Grecia carece de ciudades bonitas, en el sentido contemporáneo del término ciudad, de ahí que Kalamata, para mí una ciudad provinciana más a orillas del mar, quedara siempre eclipsada por destinos más sugerentes, como las cercanas Methoni y Pilos. Sin embargo, todo cambió el fin de semana del carnaval.



19 marzo 2013

Acorralados

Con ánimo de lunes, aunque sea martes, debido al largo fin de semana de carnaval, que concluyó ayer con la festividad del Lunes de Purificación, me desayuno con el café la crisis de deuda chipriota. Y no doy crédito (nunca mejor dicho).

Pancarta en Nicosia, ayer (Foto: Filip Singer/ EFE)


29 enero 2013

Αrmonía hecha mármol


A Soúnion no s’acaba el món, però ho sembla.
Harmonia feta marbre, i el mar
als peus, que para una catifa al temple.
La llum inunda les columnes
i el blau del cel és un llençol de seda
que embolcalla l’indret.
El vent respecta l’únic arbre
rostit, posat a prova i ferm. (...)
No hi ha remors, però hi ha presència.
(...)

Montserrat Gallart: Arquetip

01 noviembre 2012

La isla de los leprosos

Spinalonga, la última leprosería de Grecia os espera. "Dejad toda esperanza los que aquí entráis". Estos versos del Canto III del Infierno, de la Divina Comedia, se reproducen sobre un enorme panel negro en una de las entradas a la ciudadela. Spinalonga, la isla de los leprosos, a menos de un kilómetro de la costa nororiental de Creta, se alza como un espejismo sobre el brillo cegador del mar.

Es una tarde tórrida de finales de agosto. Nos apresuramos a coger la última barca que lleva al otro lado, a la orilla maldita de la isla de los malditos. "Tú, el último leproso". Es el nombre de la exposición del artista griego Kostas Tsoclis, que ha realizado una intervención en el sitio arqueológico sirviéndose de la pintura, la escultura, la música... Una cruz colosal descansa sobre la puerta principal de la fortificación, en cuya cima ondean un centenar de banderas negras que ya durante la travesía en barco presagian la suerte que espera al visitante a su llegada.

Desembarcamos. El sol quema la vieja piedra veneciana de los bastiones, el viento se cuela por entre las rendijas de los postigos desvencijados y silba burlón al pasar por chimeneas y muros agujereados. El túnel por el que nos adentramos en el castro está forrado de espejos que reflejan nuestros cuerpos y los multiplican. Hubo un tiempo en que los espejos estaban prohibidos en este lugar para evitar que los enfermos vieran cómo sus cuerpos se consumían, pasto de la lepra. Personas estigmatizadas de por vida, apartadas de sus seres queridos y del resto de la sociedad. Muchos de ellos, desesperados, intentaron escapar a nado, de noche, ganar la orilla de enfrente y volver junto a sus familias, recuperar sus vidas... 


Pero no todo era llanto y miseria en la última leprosería de Grecia. Como siempre ha demostrado a lo largo de su historia, el ser humano se adapta, sobrevive y lucha por un mañana mejor, aunque éste se vea constreñido por unas gruesas murallas rodeadas de mar. Aquí, en esta vieja fortificación medieval, crearon una comunidad autosuficiente, un mini Estado, con sus comercios, su hospital, sus huertos, sus hornos... Estos hombres y mujeres sufrieron los devastadores efectos de una enfermedad aún peor que la lepra: la ignorancia, la intransigencia y la injusticia humanas. Homo homini lupus. Y a pesar de todo, estos parias de una sociedad podrida trabajaban, reían, se enamoraban, soñaban... En 1957 la leprosería cerró definitivamente y consiguieron su libertad y volvieron a sus casas, a sus familias.

Han pasado más de dos meses desde aquella tarde de sol y silencio en la isla deshabitada, pero cada vez que pronuncio ese nombre, Spinalonga, y cierro los ojos, vuelve a mí la estampa recortada por las ventanas del viejo hospital en ruinas: 
el zumbido ensordecedor del silencio, 
el infranqueable mar
y los montes de Creta, 
tan cerca
                y a la vez
                                 tan 
                                      lejos.


09 septiembre 2012

Riña de gatos

Iraklio no es lo que se dice una ciudad bonita. Sobredimensionada por su estatus de capital administrativa de Creta, la parte moderna de la ciudad, que recuerda a la peor Atenas, ha fagocitado su elegante casco histórico, legado en su mayoría por los venecianos. Con todo, Iraklio sigue siendo un mal necesario, una base estratégica de entrada y salida de la isla y un campamento base sin par para plantarse en Knosós, el corazón de la civilización minoica, a primera hora de la mañana, antes de que las hordas de turistas profanen el lugar, que el sol impenitente irá arrasando conforme pasan las horas.

16 agosto 2012

Andros: de roca y espuma


Andros es un vergel. Aunque no lo parezca. Aunque grandes moles de tierra pedregosa amenacen con despeñarse por su litoral desnudo. Aunque rocas metamórficas irrumpan con vehemencia en la superficie, abriéndose paso desde las entrañas de la tierra.

Andros es fértil y salvaje y montañosa, con carreteras y caminos que se retuercen como culebrillas sobre las lomas y laderas escarpadas de sus montes, como si de un capricho de los dioses se tratara.

Andros es también rica y codiciada. Venecianos, otomanos y alemanes han desembarcado en sus puertos. Los primeros dejaron tras de sí bellos edificios y una ciudadela; los segundos pasaron como de puntillas, sin pena ni gloria; los últimos destruyeron gran parte de lo que construyeron los primeros en aquella contienda infame.


La Jora de Andros es elegante, aristocrática, reflejo del esplendor y la prosperidad de siglos gracias a la industria de la seda y los navieros. Zambullirse en las inmediaciones del viejo castro con las ruinas del puente enmarcando el horizonte y oír el crepitar de la fauna marina en el arrecife es una de esas sensaciones revitalizantes que, al recordarlas, hacen del verano más que una estación luminosa, un estado de ánimo imperecedero.



04 agosto 2012

Andíparos o el paraíso en miniatura

Me encanta Andíparos. No puedο decir que haya sido un descubrimiento; ya me dejé caer por aquí hace un par de años. Entonces fue sólo una excursión del día desde la vecina Paros y no me permitió adaptarme y moverme según los ritmos de la isla. Ahora, en cambio, Andíparos era mi destino exclusivo y sólo a ella dediqué mi atención desde el primer momento.
La isla cuenta con una sola población y un par de asentamientos formados por residencias de veraneo. El pueblo es, como no podía ser de otra manera tratándose de las Cícladas, una joya encalada de blanco radiante. Todo está cuidado al detalle: bancos, colegio, Correos, consultorio médico... no hay edificio que desentone. Un idílico pueblecito de juguete a escala natural.

 La esencia de Grecia, que no es otra que la sublimidad de lo sencillo, se encuentra aquí en varias de sus vertientes: en el pulpo a la brasa que horas antes viste salir del cubo, recién llegado del mar, y colgado a secar en el alambre, o el paladeo del queso local (xinomisizra) sin más aliño que un buen chorreón de aceite de oliva o un chapuzón en cueros en las aguas esmeralda del Egeo como divina recompensa a las pedaladas con sabor a salitre y sudor por las cuestas y llanuras de la isla.
El día transcurre lento y perezoso bajo el sempiterno cielo azul, sobre todo en las callejuelas y plazoletas del pueblo... y pasadas las nueve, cita en la playa de Sifneiko para ver el sol caer. Parejas que se besan con pasión --un tanto forzado, un poco cliché-- tras el horizonte rectilíneo. El cielo muda su color, del naranja al melocotón y de éste al ciruela... hasta que de pronto el mar ha oscurecido y el sol absorbe cada vez más rápido los colores que había dispersado en el horizonte, se inyecta de un rojo brillante y, como un globo aerostático, 
                                        pierde su forma, 
                                                                   se aleja
                                                                                  y desaparece.







25 julio 2012

Amorgós (2): Azul infinito

La más oriental de las Cícladas ha sido para mí una revelación: rocosa, árida, escarpada, a la deriva entre las islitas conocidas como las Pequeñas Cícladas y el lejano Dodecaneso, cuesta creer que ésta fue una de las islas donde antes brotó la civilización cicládica hace cuatro mil años. Es como si Amorgós hubiera cumplido ya entonces con la Humanidad y hubiera decidido en lo sucesivo entregar sus montes desnudos a las cabras que campan a sus anchas por toda la isla. Sin embargo, tras este aspecto estéril e inhóspito se ocultan rincones mágicos que la hacen única entre sus vecinas del archipiélago.
Sobre la bahía de Eyiali, los pueblecitos blancos salpican aquí y allá los riscos pardos que dibujan el horizonte. Tholaria, construida junto a las ruinas de la antigua Eyiali, es uno de los asentamientos cicládicos más entrañables y puros, especialmente cuando el sol poniente tiñe sus encaladas casas de un rosa pastel en mitad de un ocaso geométrico.

En la accidentada costa sureste, engastado en un descomunal acantilado de pendiente casi vertical, se erige el Monasterio de la Virgen Hozoviótisa. Cuenta la leyenda que en el siglo XI llegó a la costa una barca a la deriva que transportaba un icono de la Virgen. Se cree que el icono fue lanzado al mar por unos monjes en Hozova, en Tierra Santa, para salvarlo de los iconoclastas.

Llegar hasta el monasterio es toda un proeza, sobre todo para quienes padecen de vértigo, pues el único acceso bordea el acantilado, subiendo más y más hasta alcanzar los 300 metros sobre el mar.

Una vez arriba, la vista es espectacular y del monasterio emana un aura pacificadora que todo lo envuelve. Sólo tres monjes quedan en las cincuenta celdas excavadas en la roca. Uno de ellos, regordete y bonachón, nos pasa a un cuartito lleno de retratos de obispos, monjes y héroes nacionales de la Revolución (helenismo y ortodoxia, esos dos conceptos inseparables aún hoy). Allí nos ofrece lukumi de rosa y un vasito de psimeni (aguardiente con miel y especias), la bebida típica de Amorgós.


El tiempo parece haberse detenido para siempre en estos habitáculos entre la piedra vieja y el azul infinito, cielo y mar. 
Y con él también cualquier preocupación.
 
 



19 julio 2012

Amorgós: El centinela inerme

 
Jora palidece conforme se oculta el sol. 

La perfecta unión de azul infinito entre cielo y mar 
se disocia 
hasta esfumarse en un púrpura nazareno. 

Las casas blancas
--desteñidas algunas, inmaculadas otras--
parecen parapetarse de la furia del viento cicládico 
tras el enorme paredón de piedra
que conforma el terreno.

Una decena de molinos de viento, 
la mayoría decapitados, 
pone el colofón a este skyline extraño y embrujador, 
que combina el encanto de lo pinturesco 
con el atractivo de lo decadente y abandonado.

Estos molinos tullidos custodian el poblado 
cual centinelas fieles que, 
abatidos por el enemigo, 
resisten estoicos, pétreos, inermes,  
sin aspas ya para ajar vientos. 

¿Es el fin... 
o es el principio de otra nueva era
para esta adusta tierra milenaria?

17 noviembre 2011

La gran evasión

Livadiá es un hermoso pueblo de piedra situado en la margen del río Erquina, en la provincia de Beocia. El pasado fin de semana tuve el inmenso placer de asistir a un seminario organizado por la biblioteca de este remanso de paz a menos de dos horas de la mastodóntica Atenas. No se me ocurría una excusa mejor para huir no solo del ruido del tráfico rodado de la urbe, sino también del chirriante ruido del tráfico de información, de esa información aliñada con buenas dosis de morbo y alarmismo que tanto gusta a los medios del siglo XXI.

14 septiembre 2011

Los cañones de Navarino

Recorrer la Mesenia, la provincia que ocupa el extremo suroccidental del Peloponeso es como deslizarse por una paleta de acuarelas azules y verdes. Al doblar una curva, cada montaña parece esconder tras de sí una esquinita de mar. No importa cuán remoto sea el lugar que se visite, en Grecia todas las tierras tienen historia. Y la Mesenia no es una excepción. Amén de sus sitios arqueológicos que encierran miles de años, toda la provincia está salpicada de castros medievales, fortificaciones militares de cuando los venecianos campaban a sus anchas por estos lares.

08 agosto 2011

Sérifos
(Suspiro de piedra en mitad del Egeo)

Y sin embargo la llegada a la isla no puede ser más decepcionante. A pesar de la bella estampa del puerto con sus casas blancas y su mar azul en lontananza, el desembarco en Sérifos no hace en absoluto justicia a lo que este peñasco seco varado en el mar alberga en su interior. El embarcadero de la isla, situado en el extremo meridional de la bahía, obliga al recién llegado a girar obligatoriamente a la derecha. Un desembarco totalmente desprovisto del sentimiento de libertad que dan otras islas, cuya bahía parece estirar sus brazos para dar al viajero un cálido abrazo de bienvenida a su llegada al puerto, normalmente situado en el centro de ésta.

01 septiembre 2010

Entre el cielo y el mar

La de Punda es una de esas playas de las que los griegos dirían que no son para bañarse. Situada en uno de los cabos más meridionales del Peloponeso, el único atractivo del lugar es el atracadero cercano desde el que parten  los ferries para la vecina islita de Elafónisos. Sin embargo, a los ojos de un español acostumbrado a las playas (en gran parte, normalitas) del litoral ibérico, violadas sistemáticamente por políticos corruptos e inversores sin escrúpulos, este retazo de arena pulverizada, más blanca aún a la tibia luz del ocaso, se transforma de repente en el ansiado oasis al final de una larga y apasionante incursión rumbo al Sur por retorcidas carreteras entre olivares centenarios. 

En este mar de cristal, el cuerpo flota como una tabla a merced de la corriente, y en el horizonte las dunas fosforecen aún bajo la luz titilante de la luna. Definitivamente, no es para bañarse, pienso, sino para reconciliarse con este viejo Mar y añorar el propio litoral perdido.

En este improvisado baño tardío en esta especie de Fin del Mundo, entre el cielo y el mar, no hay más que mar.