A la vitoreada elección de nuevo alcalde (tan ansiada para la mayoría de ciudadanos con un mínimo sentido común) le ha seguido la reacción bajuna del que ha sido un alcalde nefasto: el despido de un centenar de empleados del vertedero municipal que a su vez ha provocado una huelga de basureros. A las puertas de Navidad, los engalanados tejados y farolas contrastan con las aceras invadidas por la basura que rebosa de los contenedores. Este es, pues, el regalo que el alcalde saliente hace a su sucesor (que tomará posesión el primero de año) y a todos los habitantes de la ciudad. O quizá decir el último picotazo del mosquito acorralado que intuye su triste final.
En resumidas cuentas: lo que se supone debía ser un acto público de repulsa tan enérgica como pacífica en el segundo aniversario del asesinato infame de un adolescente inocente a manos de una policía esquizofrénica y abusiva se convertiría horas después, de nuevo, en una excusa de los violentos (los denominados antisistema) para destrozar el mobiliario urbano y los locales comerciales que encuentran a su paso. Y al yugo de miles de millones de deuda que llevan al cuello los griegos habrá que sumar el coste de todos estos desperfectos (afortunadamente, una anécdota comparado con lo que aquí se armó dos años atrás) provocados por un grupo de inadaptados alentados por un sector insensato de la población y tolerados por la impotencia de un gobierno incompetente.


